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martes, 23 de noviembre de 2010

Melancolía romántica

Otro de los valores implícitos al pesimismo romántico que merece la pena analizar es el sentimiento de la melancolía, otra profunda entelequia difícilmente definible pero muy presente en toda la creatividad intuicionista y romántica.

Melancolía procede del griego mélas: negro y kholé: bílis o hiel. Etimológicamente y en el contexto griego, el término se relaciona con la antigua teoría de los cuatro humores , aunque desde una explicación más propia del logos, Aristóteles se refería a los melancólicos como:

Seres que caminan por una especie de cresta estrecha entre dos abismos y que deben ser controlados por el peligro que esta situación entraña para ellos mismos .

Refiriéndose al poder de la afección padecida por los mismos.

Pero, en el mismo sentido y fuera de consideraciones herméticas, melancolía es sencillamente sinónimo de tristeza. A ella se refiere Virgilio en el contexto latino en sus poemas a la Arcadia, un paraíso ideal, hogar del hombre primitivo, en donde su melancolía está asociada a la tarde, el momento del día en el que el sufrimiento humano y la perfección del ambiente parecieran ponerse de acuerdo sin contradecirse. Algo que ha trascendido en el conocido término melancolía virgiliana.

La melancolía se aferra y enraíza en la castigada mente como una actitud ante la vida, metáfora de la tarde que anticipa el final del día, como el otoño presagia la llegada del frío invierno y la madurez anuncia la vejez. En esta solemne melancolía fruto de un pesimismo ante la vida y el entorno se desarrollaron grandes actitudes creativas, cantándola como una ínsula de sereno sufrimiento, tranquila tristeza.

¿Qué es lo que, de repente, tan lleno de presagios, brota en el fondo del corazón y sorbe la brisa suave de la melancolía? ¿Te complaces también en nosotros, noche oscura? ¿Qué es lo que ocultas bajo tu manto, que, con fuerza invisible, toca mi alma?. Un bálsamo precioso destila tu mano, como un haz de adormideras. ¡Qué pobre y pequeña me parece ahora la luz! ¡Qué alegre y bendita la despedida del día! (Novalis) .

Schubert, cuando estaba lejos de su hogar, separado de sus amigos y de sus seres íntimos, perdía la alegría ante la vida. Era cuando una desgarradora tristeza le poseía y la melancolía se enseñoreaba de su ánimo. En 1824, pasó una temporada en el castillo de Zelesz en tierras magyares; allí dejó constancia de su melancolía en una célebre carta dirigida a su buen amigo Schober, el cual cabe decir que también propenso a la tristeza y a la melancolía. En aquella carta, respuesta de una recibida y remitida por Schober en la cual este comenta su lánguida tristeza, Schubert le contesta:

Querido Schober: me dices que no eres feliz. Si estuviésemos juntos tú, Schwind, Kupel y yo, la desgracia no significaría para mí más que un peso ligero, pero ahora estamos separados, cada uno habla desde un rincón diferente, y eso es, en verdad, una desdicha para mí. Quisiera exclamar con Goethe: “¿Quién me devolvería aunque fuese tan solo una hora de aquel tiempo delicioso?”. Aquel tiempo, cuando estábamos sentados juntos cambiando dulces confidencias, mostrando cada uno a los demás los frutos de su concepción artística y aguardando con el ánimo suspenso el fallo que dictarían la verdad y la ternura. Aquel tiempo, cuando cada uno inspiraba a otro, animándonos de este modo para sentir una excitación común hacia el más alto grado de la belleza. Ahora estoy solo, sepultado en las profundidades de las tierras de Hungría, a las cuales, por desgracia, me dejé llevar por segunda vez sin tener un solo amigo con quien cambiar una palabra inteligente .

La melancolía estará presente no solo en la concepción de la obra creativa romántica, en la praxis quedará inmortalizada como en los numerosos ejemplos pictóricos de entre los cuales señalamos algunos como en el caso del Autorretrato de Tommaso Minardi (1807) (Ilustración nº 25) el cual en la flor de su juventud, con 20 años, se presenta a sí mismo informalmente en el suelo, recostado sobre un viejo colchón en su desordenada buhardilla, absorto en sus pensamiento melancólicos y flanqueado por dos siniestros cráneos, uno de caballo y otro humano, como símbolos sobre la efimeridad de la vida, algo que atormenta al hombre sensible como lo es el artista romántico.

Algo muy similar a lo que ocurre en Artista en su estudio (1818) (Ilustración nº 26) de Théodore Géricault. La puesta en escena de un personaje universal, el artista, cuya profesión queda representada en la paleta colgada en la pared así como se observan los modelos de yeso de una estantería y una escultura en la parte inferior de la obra. Lo que destaca, sobre todo es la afección latente en el artista representado, sentado en una silla con un talante lánguido y con una mirada melancólica, algo propio de la idiosincrasia del artista romántico.

En el mismo sentido, Constance-Marie Charpentier, pintará en 1801 Melancolía (1801) (Ilustración nº 27). Esta destacada alumna de Gérard y de David, nos muestra en esta obra la nueva sensibilidad romántica en forma de una metafórica mujer melancólica, abatida, en profunda meditación al lado de un árbol, como no, un sauce llorón.

Otro referente ejemplificador de la melancolía nos lo muestra Francesco Hayez en su obra Pensamiento melancólico (1842) (Ilustración nº 28), un retrato profundamente psicológico de un personaje femenino, Una joven, tan profundamente melancólica en su aspecto y mirada, que roza la alienación y la locura, algo que aleja al personaje de la vitalidad y lo acerca al desastre y en definitivamente a la muerte . Fragilidad y desesperación en definitiva, algo muy similar a la Albaydé de Alexandre Cabanel (1848) (Ilustración nº 29), personaje femenino procedente de una recopilación de poemas de Victor Hugo, Les Orientales de 1829. Cabanel profundiza psicológicamente en este retrato del misterioso personaje de Hugo, dotándolo de una gran sensualidad, pero igualmente que en la obra de Charpentier con una profunda carga melancólica observable en la ausencia de su razón y su perdida mirada.

La muerte del ánimo. Pesimismo romántico.

Desde el pesimismo como valor endopático romántico la muerte ha quedado esbozada. Una muerte despreciada en ocasiones y ansiada en otras, en este último caso forzando su aparición a través del suicidio, como una victoria sobre ella, o una dulce comunión iniciativa, ritual y diversificada con la misma (pues existen también tantos talantes diversos en el suicidio, como talantes diversos hay en el hombre) . Pero quizás más preocupante que ella, lo es el misterio de lo que hay más allá, pues si algo es temido es lo incierto, e incierta o dudosa es la trascendencia, que no la muerte, que es la más categórica de las certezas.

Vivir, ¿para qué?, esta es una pregunta que constantemente se formula el individuo de perfil pesimista en el romanticismo. La vida para él, desde dicha reflexión, es desesperanzadora pues se halla impregnada irremediablemente de angustiosa melancolía e incontrolable desesperación. Algo acentuado en este bien llamado mal de siglo, época de hastío, cansancio ante la vida, fracaso y angustia , emociones experimentadas a través de los tormentos individuales del hombre.

El nómada, pues, ante tal panorama, establecerá si puede , numerosos y diversos mecanismos de compensación frente al pesimismo y la angustia que provoca la muerte, y lo hará como un auténtico rebelde . Lanzándose a un nomadeo creativo hacia diferentes frentes, como entre otros, hacia la desenfrenada fabulación, hacia la construcción de mundos inimaginables en su riqueza y hacia numerosos anecdotarios ficticios. Y lo hará a través de un mecanismo vital y dinámico, experimental, de búsqueda y consecución a través de la Acción, entendida como la manifestación de una fuerza material o de una idea. La vida y la muerte en definitiva como objetos de conocimiento .

Pero, si los mecanismos compensatorios son insuficientes y no llevan a ningún puerto (algo bastante probable), rechazará ante el fracaso sin más el mundo dándole la espalda egóticamente, refugiándose en fórmulas evasionistas radicales e incluso llegando en una actitud extrema a abandonar voluntariamente el mundo . Ante la vida: dolor y muerte. Combinación constante del pesimismo intuicionista como nos mostrarán los románticos en infinidad de sus obras.

En 1814, Antoine-Jean Gros pinta una excelente obra conocida como el Coracero herido (Ilustración nº 19), una obra clave de la pintura romántica. En una trágica escena, Gros nos pone frente a un soldado en medio de una humareda en grandes y retóricos contrastes de luz y tonos oscuros de excelente factura. Fuera de formalismos, su interés es hacernos sentir un profundo sentido de aislamiento frente a una inminente y sorpresiva muerte, la de este combatiente herido descabalgado de su corcel y que empieza a flaquear ante el efecto de su herida mortal, la cual apenas se aprecia. Gros nos lleva de la mano ante el drama del fin de la existencia, como impotentes espectadores de algo que aparentemente es ajeno, pero en esencia patrimonio de todos.

Y es que pocos se atreven a enfrentarse a ella como concepto a diseccionar fríamente, como evidencia de lo irremediable. Tan solo un puñado de héroes inmunizados, aquellos que ya no se ruborizan ante la misma pues la han convertido en objeto de conocimiento desde su latente presencia en su interno, algo que ya no se puede esconder ni maquillar .

Muerte como la que, con igual maestría e impulso nos mostrará Géricault (1818-1819), en La balsa de la Medusa (Ilustración nº 20). Un episodio naval heroico, tan cargado de connotaciones pesimistas como optimistas, el auténtico estado de la cuestión es una evidente dualidad vida-muerte, simbolizando la victoria y el fracaso, morir y sobrevivir. La pintura en cuestión, ilustra lo acontecido en el año 1816, cuando el barco gubernamental francés Meduse, naufragó rumbo a la entonces colonia del Senegal tras un cruento motín. Muy pocos de sus tripulantes lograron salvarse. Después de muchos días a la deriva en una improvisada balsa, el cuadro muestra cuando los náufragos avistan el barco de salvamento, el Argus, mostrando contraste de emociones entre los que han conseguido mantener su frágil vida y los que irremediablemente la han perdido.

Ante la rotundidad por mostrar el sufrimiento, uno no puede hacerse más que una pregunta ante la excelencia de esta obra de Gericault: ¿Acaso no somos todos náufragos? En 1820, cuando Gericault murió, se encontraba todavía más cerca del sufrimiento humano, obsesivamente, realizaba una serie de retratos de enfermos mentales, lo cual pone de manifiesto el interés de los artistas románticos por los trastornos psíquicos y la neurosis, atracción indiscutible por una doble consideración, por un lado por encontrarse cara a cara con el dolor de la locura pero por otro por observar la misma como una atractiva forma de enajenación y huida. Un exilio patológico, pero en definitiva, un exilio.

Delacroix, también hace de la muerte un territorio de estudio de la dimensión humana. Quizás muchas obras de este genial pintor nos muestren el fin de la existencia con mayor o menor crudeza, pero podríamos destacar en su producción de madurez una obra relevante al respecto como es la Muerte de Sardanápalo (1827) (Ilustración nº 21), exuberante obra pasional de gran colorido, violencia y fantasía. Delacroix nos coloca ante ella para mostrarnos una tragedia: La decisión que toma un rey Asirio de la antigüedad, ante el acoso de los Medos y su muerte segura, de destruir sus posesiones incluidas sus esposas antes de suicidarse. Mujeres, esclavos, caballos joyas y telas combinados en una composición delirante, casi orgiástica donde el sufrimiento más fuerte no es el de la muerte generalizada de los numerosos personajes, ni tan siquiera la de un rey agonizante, la muerte trágica es la muerte de las convenciones, la perdida del poder, de la grandeza. La renuncia al todo.

Y que decir de Francisco de Goya y Los fusilamientos del 3 de mayo (Ilustración nº 22) de 1814 en los que nos describe con respiración contenida y escalofrío lo acontecido la noche del 3 de mayo de 1808, cuando el pueblo insurrecto de Madrid, se alza en armas frente al invasor ejercito francés de Murat. Éste, maltrecho, es contenido y aniquilado por la máquina bélica napoleónica. Goya pinta el momento más trágico, el momento en el que los compatriotas con rostros desencajados ante lo que ha de suceder, sobre cadáveres de otros ya caídos, esperan ser fusilados. Nuevamente la vida que se va, peor aún, es arrancada desde el sinsentido.

Muerte, como cuando Joseph Mallord William Turner nos deleita con su obra La batalla de Waterloo (1818) (Ilustración nº 23). Una oda a los caídos en combate, agolpados en un abigarrado primer plano de dolor, cadáveres amontonados sin vida. Turner acudió personalmente a Waterloo (Bélgica) para sentir el lugar donde se había producido la derrota de Napoleón. El cuadro es un escenario de desolación con el campo iluminado por una efectismo lumínico que permite ver a los caídos y moribundos olvidados a su destino.

Y lejos de la acción y en términos más intimistas, y a manera de colofón, la Ofelia (Ilustración nº 24) de John Everett Millais. Una oda al dolor de la irrazón, la locura que lleva a la Ofelia de Hamlet de Shakespeare al trágico suicidio. Soledad en definitiva ante la incomprensible muerte.

Pesimismo romántico

Pesimismo

Ampliando el catálogo de emotividades románticas y tras pasar por la muerte de Keats y Shelley lejos de los lugares que les vieron nace, el ambiente queda impregnado y enrarecido por un sentimiento fundamental de impotencia, la muerte ha restado importancia a la vida, pues la primera deviene verdad absoluta y la segunda experiencia subordinada a ella y por lo tanto al final del camino tan solo hay quien encontrará un abismo.

Aunque en contraposición podemos señalar también algo de esperanza como en otras ocasiones en las cuales subyace un trasfondo desdramatizador de la muerte y esta aparece interpretada como un tránsito, como por ejemplo en el caso de Novalis el cual destaca desde su entrar en combate contra los turcos en el proceso de independencia de ese mítico país. Triunfalismo romántico que preconiza:

La muerte no es más que un pasar a otro estado, al mundo de la noche, muerte es transmutación, suplantación del principio individual que ahora entra en una alianza nueva, más sólida, más apta .

No obstante, la actitud contraria, el pesimismo, el ver siempre el vaso medio vacío, es uno de los sentimientos románticos que más han convulsionado al artista, sumiéndose en sus redes abnegadamente o resistiéndose a su poder con valentía y esperanza. Este llamémoslo sentir humano, adquiere quizás mayor relevancia en esta época que en otras, pues este es un momento histórico de la historia de la humanidad, revolución que observa obsesivamente el interno del hombre como camino hacia la verdad; claro está, es época en la que al no haber barreras, o al menos al poder saltarlas con más facilidad que en otras etapas, afloran en ella con facilidad y en magnitud intervenciones constructivas desde la situación endopática de cada cual particulares de cada cual.

El pesimismo como cualquier otro sentimiento no es un valor único sino que en él se organizan y ordenan muchos otros factores afines como el desengaño, la infelicidad, la injusticia, la desesperación y un amplio catálogo de conflictos interiores que podrían generalizarse en experiencias dolorosas y cargadas de sufrimiento, algo que forma ciertamente parte del mecanismo vital universal del hombre, sólo que en este contexto, como ya hemos señalado, el hombre introafectivo desea acentuarlo y magnificarlo como objeto de conocimiento forzando así un nomadismo compensatorio.

En este gran corpúsculo de sentimientos, eclosionan en el creador numerosísimas manifestaciones de infelicidad y dolor . El pesimismo manifiesta su infelicidad, la levedad de su ser, la imperfección que le acompaña durante su existencia y que se manifiesta con mucha probabilidad en forma de fracaso, irrealización, enfermedad, el tiempo minando su juventud, el desengaño presente en cualquier actividad pasional, desamor, injusticia, dolor en la incomprensible sociedad, inhibición, culpabilidad y como un buen colofón, finalmente, la inevitable muerte.

Conocidas actitudes pesimistas enriquecen el fenómeno intuicionista. Arthur Schopenhauer, por ejemplo, profundamente consternado ante el fracaso de la revolución de 1848 , expondrá en tono pesimista:

Que la raíz de todo es la voluntad ciega y absurda que niega todo proceso, pues la vida es la historia del dolor y conlleva la esclavitud .

Una actitud que se hace generalizada en el seno del romanticismo desde el mal de siglo.

En ocasiones no son tan solo los grandes fracasos humanos históricos y sociales los que empujan al hombre a esta actitud endopática, sino que son íntimas y personales circunstancias, como la muerte de un ser querido, como cuando ante el fallecimiento de su estimado hermano, el poeta John Keats escribe profundamente consternado la Oda a un Ruiseñor. Una bella y metafórica vía de esperanza, quizás de enajenación ante la consternación pesimista en la que se encuentra el poeta. Así, piensa Keats:

Escuchando el simpático e idílico canto del ruiseñor, se puede huir de este mundo pesimista de tristeza y de dolor refugiándose, gracias a la imaginación, en un mundo ideal de belleza; de esta belleza del canto del ruiseñor que ha sido símbolo para tantos poetas .

Con respecto al brillante François René de Chateaubriand, su pesimismo procede ya de épocas de juventud, aunque el colofón vendrá dado por la ejecución de su hermano guillotinado por el sistema y la pérdida de su madre y su hermana fallecidas en las cárceles del terror . Un panorama desolador al que debe unirse su precaria salud, afectada por procesos reumáticos y hepáticos graves que le llevaron entre otras obras a escribir su René, una de las primeras novelas románticas donde se explican precisamente las enojosas enfermedades del siglo, el tedio y el pesimismo.

Por su parte, Lord Byron deja también constancia del pesimismo en su época y obra. Nació con una minusvalía en las extremidades inferiores la cual arrastró durante toda su vida evidenciándose en forma de una importante cojera, no obstante este trauma fue motor de constante superación y por tanto ante él estableció mecanismos de compensación nómadas en su vida genial destacando por pasionalidades intensivas en todas sus actividades y relaciones, en el amor, en la política, en la poesía,...

En este sentido, han quedado numerosas constancias al respecto en la realización de proezas, hazañas físicas en contraposición a su defecto, precisamente para relativizarlo y para olvidar que era cojo como por ejemplo, cuando atravesó a nado el Helesponto emulando la hazaña épica de Leandro cuando se dirigió a visitar a Hero o bien cuando en la capital portuguesa en otra ocasión atravesó el caudaloso y ancho río Tajo a nado. Al respecto a estas curiosas gestas, refiriéndose a Byron, la esposa del poeta Shelley, afirmará:

Que todos los actos de su vida estuvieron presididos por la enfermedad .

Una enfermedad que le impulsó a tejer ideas supersticiosas, consultando a las gitanas quiromantes que deambulaban por Londres o generando miedos compulsivos como por ejemplo hacia los murciélagos. Esta inseguridad neurótica, le llevó incluso a dormir toda la vida con una pistola bajo la almohada.

Estos claros ejemplos de cómo el hombre empujado por sus sentimientos establece métodos diversos para ubicarse en sí mismo y ante el mundo, se amplían en numerosas individualidades, como en el caso de Schubert, con un talante de pesimismo capaz de deliciosamente hacernos sentir pasionalmente melómanos ante su obra. Preocupado profundamente por el dolor humano nos explica en gran medida la génesis de su obra como endopática:

Nadie comprende el dolor ajeno; nadie se identifica con las alegrías del prójimo, y el que imagina que se llega a una compenetración, no hace más que andar de un lado para otro. ¡ Qué martirio para quien se dé cuenta...! Mis obras musicales son hijas de mi cerebro y de mis penas, y las engendradas únicamente por el dolor son las que más gustan a la gente... .

Una contundente certeza aunque equivocado ante el atrevimiento pasional de referirse a nadie, pues son muchos los correligionarios que viven y crean como él desde el dolor propio y el ajeno.

Como el mismísimo Beethoven, considerado por algunos autores como el primero de los románticos en el ámbito musical, por su forma de componer y de sentir, por el desmelenamiento y la furia de los sentimientos de su música que lo desborda todo, que es un testimonio de la libertad artística y proclama al mundo la grandeza del hombre, por su anhelo de amistad y de amor, tan pocas veces satisfecho y por su romántica reacción ante su terrible desdicha, su sordera, la que a la vez que le origina un mordaz pesimismo en el sentido de estar unido en la desgracia a un azar de la naturaleza, como es el renunciamiento a aquello que la naturaleza ya no le otorgaba y que necesitaba más que nadie, y que en el afán de superación y compensación, le lleva al extremo opuesto, ley de contrarios forjando con su obra “sonora”. Un hito, proeza de un sordo, un broche de oro al valor de superación romántico.

En esta exposición de talantes movidos por el sufrimiento y el dolor, no podemos saltarnos precisamente a uno de los más valiosos ejemplos al respecto en la época y el contexto. Nos referimos al Conde Giacomo Leopardi de la antigua y noble familia italiana de los Antici. Nuevamente un ejemplo de partida de sufrimiento físico ya que nació con una grave malformación en la columna vertebral la cual influyó en su crecimiento y en consecuencia en su aspecto. No era esa su única cruz, puesto que por causa de su enfermedad, sufrió lo que ningún niño jamás debiera sufrir, el rechazo de su propia madre, Adelaida, la cual le dio una infancia desoladora desde la frialdad aristocrática. Insensible, fría y ostentosa, escondía a su propio hijo de la visión social a pesar de una exacerbada pero falsa devoción cristiana.

Esta mezcla explosiva repercutió en la formación melancólica de su frágil hijo, al cual habría que añadir su débil salud y el trauma congénito de sus malformaciones óseas, y otras patologías como afecciones visuales y respiratorias. Leopardi creció en esta cátedra del dolor entre el abandono materno y los dolorosos cuidados médicos. El refugio de tanta desgracia física y anímica, tanta soledad y además tanta desdicha en amores, fue el conocimiento, el refugio en su potencial intelectualidad. Su mecanismo compensatorio, para paliar tanto sufrimiento, le llevó a un nomadismo de urgencia refugiándose en el estudio. En consecuencia, se puede hablar de él como uno de los más consumados helenistas de su época con tan solo 20 años de edad, así como autor de una prolifera obra literaria, uno de cuyos ejes conceptuales es la noia, expresión italiana que significa tedio. Al respecto, en su obra titulada Zibaldone, opina con una categorización trágicamente pesimista:

Que el ideal del progreso es un engaño a los ojos y que el amor en sí mismo es una experiencia tan abrumadora que no puede ir acompañada de otra cosa que de la idea de la muerte .

Y en uno de sus poemas, añadirá:

Cuando de nuevo nace en el corazón profundo un amoroso afecto,
lánguido y cansado, con él, justamente en el pecho un deseo de morir se siente.

Sentimentalidades llevadas al extremo, pues el sentimiento es el único axioma a tener presente por el romántico. El sentimiento que defendido a ultranza le llevará a consecuencias trágicas, como la juventud brillante de Alexander Puchkin y sus ensoñaciones románticas truncadas por su prematura muerte a los 37 años en el campo del honor, un duelo por defender el sentimiento del deshonor sufrido por el adulterio de su esposa y muriendo por el tiro del adultero amante de esta. Trágica historia que demuestra nuevamente la debilidad y condena al fracaso del débil idealista. Pero aún más, la muerte absurda y sin sentido de Puchkin no quedó ahí. La misma, desoló a su buen amigo Mikail Lurevich , sumiéndolo en un profundo pesimismo, ante el cual ya no levantó cabeza muriendo a los 27 años en un duelo buscado sin sentido y como buen romántico, como señala Cabot en su estudio sobre Puchkin:

Dejándose matar tontamente sin acertar premeditadamente en el blanco .

Un pesimismo en definitiva hacia la cruel sociedad, evidenciada en las palabras de la criatura monstruosa surgida de la pluma de Mary W. Shelley, el monstruo de Frankestein, el cual en el último capítulo y presenciando la muerte trágica de su creador categoriza sensiblemente:

Mi corazón estaba concebido para el amor y la simpatía, y cuando la desdicha lo transformó hacia la maldad y el odio, sufrí un tormento que no puedes siquiera imaginar...el mal se convirtió desde entonces en bien para mí.

El mismo pesimismo necrológico y a manera de colofón de este punto, que envuelve la obra de Espronceda:

Y encontré mi ilusión desvanecida
y eterno e insaciable mi deseo:
palpé la realidad y odié la vida.
Sólo en la paz de los sepulcros creo.

Nacionalismo, voluntad de arraigo y desarraigo en el romanticismo.

Nacionalismo. Voluntad de arraigo y desarraigo.

La libertad en el romanticismo será un necesario clamor, un intento, un impulso dinámico, difícilmente concretable en hechos y logros. No obstante, en ocasiones, también es cierto que el intento trae la consecución del objetivo. Quizás, el analizar el porqué de este exitoso final, resulta fuera de lugar por lo difícil que sería encontrar el motivo, ¿azar?, ¿voluntad?, ¿perseverancia?, ¿habilidad?, ¿estrategia? Pero en definitiva hechos concretos que superan el intento, como los que encontramos en el contexto romántico en los numerosos nacionalismos que llevaron a configurar y a definir grandes proyectos aún vigentes.

Nos estamos refiriendo nuevamente a un nomadismo, el llamado romanticismo nacional , interesado por la historia del pueblo, su lengua, su cultura popular, la búsqueda de lo primigenio. El mismo que llevará el intento a la concreción, al éxito, un cambio de status, un cambio del hábitat, un logro de libertad haciendo que ideales que parecían utópicos, acabaran siendo una realidad . Tal serán los caso en 1814 del Risorgimento italiano de Manzini, Garibaldi y Cavour, en 1835 el Nacionalismo finlandés de Elías Lönnrot y en 1878 la Independencia de Rumania y Hungría, uniéndole entre otros los sucesivos procesos de Independencia de las colonias españolas en América, o el proceso nacionalista germánico.

Pero tal y como habíamos señalado, el romanticismo es tierra de extremos y si bien es cierto que fue impulsor de movimientos nacionalistas, también lo es porque acoge en su seno actitudes de no patria y desarraigo. Si el nacionalista romántico en un movimiento de libertad, pues rompe las cadenas que le unen con identidades nacionales no sentidas para defender a ultranza y llevar a la última consecuencia las propias (su nacionalismo), el romántico desarraigado va más allá, en una categoría seguramente aún más libertaria, rompe socráticamente sus lazos con cualquier identidad nacional, patria o corporación . Así sirve como ejemplo un pasaje de El Extranjero de Baudelaire:

- Dime, hombre enigmático, ¿a quién prefieres? ¿A tu padre, a tu madre, a tu hermana o hermano?
- No tengo padre, ni madre, ni hermana ni hermano.
- ¿A tus amigos?
- Empleáis una palabra cuyo sentido me es hasta hoy desconocido.
- ¿A tu patria?
- Ignoro bajo qué latitud se encuentra.
- ¿A la belleza?
- Gustoso la amaría, diosa e inmortal.
- ¿Al oro?
- Lo odio, como vosotros odiáis a Dios.
- ¿Qué es, entonces, lo que amas, extraordinario extranjero?
- Amo las nubes….las nubes que pasan...allá lejos...! las maravillosas nubes!.

Un contundente alegato que le vincula únicamente a sí mismo y a valores meramente sensibles. Algo aplicable en otros románticos, como Flaubert, el cual insistía hasta la saciedad, que él no era francés. Es más, su odio hacia la nación que le vio nacer y hacia sus gentes, era tan profundo que ridiculizaba su propia condición civil. De hecho, llegó a proponer un nuevo modo de asignar la nacionalidad:

No de acuerdo con el país en el que uno había nacido o al que pertenecía la familia, sino de acuerdo con los lugares por los que uno se sentía atraído .

Algo que particularmente vincula profundamente Flaubert a dimensiones culturales orientales y árabes .

Otros casos podrían unirse a los anteriores en esta visión mundial del hombre sin patria, como en el caso de Lamartine, el cual en el mismo sentido afirma:

El mundo, superándose, se eleva a la unidad. Soy ciudadano de todo hombre pensador. La Verdad es mi país .

A ello podría unirse el caso de desarraigo observable en Lord Byron, el cual jamás mostró la más mínima sensación en su vida de arraigo en su británica sociedad conservadora. Recién cumplidos los 21 años de edad inicia un largo viaje por tierras de la antigua y legendaria civilización mediterránea. Su estado de ánimo se refleja en la carta de despedida que escribe a su madre:

...El mundo entero se muestra ante mí y yo abandono Inglaterra sin pena y sin deseo de volver a ver nada de cuanto encierra, exceptuando a usted y a su residencia .

Así entre otros muchos destinos, llega a la misteriosa España en donde reafirma el desarraigo hacia Inglaterra. Algo que deja plasmado en el poema The girl from Cadix, en este, Byron escribe esta nostálgica estrofa:

Nunca más volváis a hablarme de los climas del Norte, ni de las damas inglesas vosotros que no tuvisteis la dicha de contemplar a la maravillosa muchacha de Cádiz .

En 1816 marchó definitivamente de Inglaterra, alejándose de su esposa y del país, hasta su muerte en Grecia en 1824 .

Refiriéndose a Viena y en un profundo sentido de desarraigo, señala Schubert también al respecto:

Extranjero llegué y extranjero me vuelvo a marchar .

Y Victor Hugo, en un deseo universalista:

Vendrá un día en que tú Francia, tú Rusia, tú Italia, tú Inglaterra, tú Alemania, vosotras todas naciones del continente, sin perder vuestras cualidades distintas y vuestra gloriosa individualidad, os fundiréis en una unidad superior y constituiréis la fraternidad europea .

Muchos llevarán este desarraigo hacia sus naciones hasta la última consecuencia, lejos de la tierra que les vio nacer y la cual ignoran, morirán en lejanos lares como por ejemplo, en el caso de Keats, apolíneo poeta británico, el cual marchó moribundo de tuberculosis a los veintiséis años de su gris tierra, para morir buscando el cielo azul de Italia en Roma, incluso quizás en el lugar más representativo de la ciudad eterna, muriendo junto a la escalinata de la Piazza di Spagna.

Shelley, por su parte no tendrá una muerte menos romántica y morirá en la tragedia de un naufragio, algo sublime en la distancia para muchos románticos, lejos de su Inglaterra, tras una fuerte tormenta frente a la costa italiana

La libertad en el Romanticismo.

El valor endopático novedoso en el romanticismo, es el de la libertad. Recordemos que el racionalismo ilustrado se había empeñado en dotar al individuo de una progresista libertad que le llevara a través de la práctica de la razón a la verdad y la felicidad, algo imposible en épocas precedentes. Lamentablemente tan imperiosa necesidad, como hemos señalado, flaqueó en el momento en que intereses burgueses enturbiaron los esperanzadores arroyos del conocimiento lógico irrumpiendo bruscamente el lucro y el interés económico en este orden y progreso. La razón, se convirtió en prepotente y esterilizadora de todo intento alejado de los paradigmas cartesianos y positivistas.

El epicureismo define al hombre libre cuando este es alguien que debe realizar sus deseos. El excesivo racionalismo había situado al hombre intuicionista en un proceso de alienación en búsqueda de dicha libertad, ya que en el contexto de la ausencia de un sentido social o la imposibilidad de llevar una vida normal, empuja a este a la consecución de sus deseos.

El romanticismo irrumpe precisamente como una necesidad revolucionaria de cambio y reivindicación de una libertad que la dictadura de la razón se empeña en defenestrar. Así en este contexto, la libertad se manifiesta como una necesidad difícil de definir. Quizás se hace latente la necesidad de ella por encima de saber exactamente lo que es más que un deseo.

Ciertamente la libertad, es entendida como una de esas entelequias ante las cuales y a pesar de la abundante literatura habida al respecto, el hombre sigue dudoso ante la misma. También es cierto que desde la intuición y lo anímico, creemos entenderla desde el alejamiento de la misma, esto es cuando limitados por uno mismo, como por ejemplo ante límites físicos provocados por una enfermedad, una minusvalía, ser esclavo de una silla de ruedas, o bien limitado por el otro, como cuando uno vive en un país fáctico y no se tiene libertad para expresarse o ejercer unos hipotéticos derechos naturales en el hombre; o cuando ante fuerzas mayores como las naturales, ante una nevada quedamos incomunicados del mundo, en fin, quedamos con una clara idea de la falta de libertad, pero en definitiva y como señalábamos, nadie puede atreverse a hablar de la libertad de una manera categórica, pues nuestra finitud o nuestra fragilidad, certezas incuestionables, son ya conceptos que nos alejan de la misma. Remitiéndonos a ese dicho popular, algo descorazonador que plantea: el mundo, como la mayor de las cárceles, queda el hecho de que la libertad es algo más propio del mundo de las ideas y utopía que no valor pragmático.

En el contexto romántico, la libertad se plantea, como hemos explicado, como una abstracción, una entelequia que parte del deseo de vencer las convenciones y la tiranía, así como un valor de intento de reafirmación y enraizamiento de los derechos y dignidades humanas .

El siglo XIX, fue tiempo genérico de revueltas y reivindicaciones constantes de libertad. De hecho, el romanticismo es, en esencia, un camino de libertad. Ya en 1804, circulará por Europa el Guillermo Tell de Friedrich Von Schiller, la historia del héroe suizo que se convertiría en símbolo de lucha contra el poder extranjero. Manzoni, también aportará en 1827 con su obra Los novios un alegato a la libertad en la figura de dos amantes acosados por el feroz feudalismo medieval del norte de Italia. Pushkin, pondrá la libertad en verso en su oda a la libertad, al igual que Alfred de Vigny en su obra de 1844 La casa del Pastor. A estos podríamos unir muchos otros ejemplos, de similares convicciones rousseaunianas convencidos de la naturaleza libre del hombre y la obsesión del poder y la sociedad por encadenarlo.

En pintura se materializan igualmente numerosas reflexiones sobre la necesidad de libertad, como por ejemplo, cuando en 1789 Hurbert Robert pinta La Bastilla en los primeros días de la demolición (Ilustración nº 14), una evidencia de la caída gradual de un símbolo del pasado absolutista, fáctico y todo lo contrario a la aspiración de libertad del hombre.

En el mismo sentido, en 1830 Delacroix pinta la que será su obra más romántica e influyente, un buen ejemplo de esta efusividad en la idea, se trata de la obra La libertad guiando al pueblo (Ilustración nº 15), una glorificación semialegórica de la idea de libertad que le valió ser laureado con la Legión de Honor. En esta obra clave de la historia del arte que retrata fantasiosamente la insurrección de la burguesía y el proletariado frente a la restaurada monarquía borbónica, la revolución liberal del 30: Delacroix plasma la evocadora idea de la libertad, necesaria en el arte y en la sociedad.

Podemos citar numerosas referencias a la libertad en obras artísticas de entre las cuales citaremos algunas por su evidencia, como por ejemplo: La guardia cívica de Milán intenta dispersar a la multitud concentrada ante el Palazzo Reale obra de 1814 de Giovanni Migliara (Ilustración nº 16), una crónica de lo acaecido el 20 de abril de 1814 en el que el pueblo de Milán se rebela frente al dominio Napoleónico. Una escenificación del movimiento incontenible de la multitud luchadora por su libertad que empieza a ser abatida por la tiranía del opresor.

Sufrimiento de las clases populares, que son las que antes sufren las consecuencias de los despropósitos de los tiranos y los intereses de estos, como se puede observar también en la obra de Francesco Hayez titulada Los habitantes de Parga abandonan su patria (1826-1831) (Ilustración nº 17). Obra que hace referencia a lo acontecido en 1818 en Grecia, cuando los ingleses en un hábil movimiento diplomático valioso a sus intereses, ceden la soberanía de la ciudad griega de Parga a los turcos. Aquí, queda evidente en la narración visual el desespero ante el exilio a través de una emotiva escenografía en la que se aprecia el sufrimiento de las masas populares alejándose de sus casas, su ciudad y su patria, algo que provoca indiscutiblemente un sentimiento nacionalista.

En el mismo sentido, Eugenio Agneni pinta en 1857 Las sombras de las grandes personalidades florentinas protestan contra el dominio extranjero (Ilustración nº 18). Una revisión también del tema de la invasión extranjera. Una vista efectista nocturna de la plaza florentina degli Uffizi, en la cual aparecen los espectros oníricos de muchos personajes de la historia, como Dante, Maquiavelo, Petrarca, Leonardo, Miguel Ángel y Boccaccio que avanzan desafiantes hacia el invasor extranjero.

Deseos de libertad en lo global, lo nacional, la identidad cultura, pero también en lo íntimo y personal, pues el deseo utópico del romántico, es que la libertad impregne todo, de lo íntimo a lo universal, de lo universal a lo íntimo.