DIRECTORIO

"Territories of Peace". Barnadas Huang Art Gallery. Singapore. Acuarelas naturales AGAIN SAILING ALGUNAS PALMERAS MARROQUÍES Algunos dibujos de niño. ALGUNOS RECUERDOS LITORALES. ANIMALOTS AUTORETRATOS AVIARIUM. Barcos 1990 BARNADAS HUANG BIENAL DE ARTE DE BRAGA 2016 Cahier de voyage:París. CAL TORNAR A LA LLUNA Càntirs Castell de Sant ferran de Figueres. CATS COLECCIÓN PERMANENTE DEARTE MEDINACELI. CONTACTA CREIXELL FIRA D'ART 2016 CUADERNO DE VIAJE CURRICULUM DIBUJOS ESTIVALES EL MITO DE LEANDRO Y HERA EN PREPARACIÓN ERMITA DE FISCAL (HUESCA) ESTUDIOS SOBRE EL ARABESQUE Nº1.L.66 DE CLAUDE DEBUSSY. EXPOSICIÓN :SEFARAD PAISAJES DE NOSTALGIA.MUSEO CORTIJO MIRAFLORES. MARBELLA. FELICITACIÓN 2012 FESTIVAL POESÍA ENTRE ALMENAS Galería D'Art María Cinta Dalmau. GALERÍA MARIA NIEVES MARTÍN Galerias GALERIE L'ARBRE BLEU HOMENAJE A LOS PALMARES MURCIANOS Y ALICANTINOS HOMENAJE CERVANTINO HUMET SAULA CALELLA 2016 IMAGINARIUM IMAGINARIUM. Iglésia de Jesús. Fiscal (Huesca). IMAGINARIUMMayo de 2015 INTERVIUS LA CERVERINA D'ART. IMAGINARIUM. LA MIRADA DE PICASSO LES CARBONERES: BARCELONA LIBRO: NOCTURNO. LIBRO: PAISAJES AZULES. LIBRO: PEQUEÑO TRATADO DE PAISAJES LITORALES LIBRO: SUEÑOS Libro: YO DE MAYOR QUIERO SER. Lugares que me inspiran MAGIC BOX Mandalas MARINAS MAS FORASTER. MONTBLANC MASMONZÓN MENORAH MUSEO DE BELLAS ARTES DE CARTAGO. MUSEU D'HISTÒRIA DE LA INMIGRACIÓ DE CATALUNYA Música que me inspira news NOSTÀLGIES. OBRA ACTUAL/ PARADÍS OBRA CASAS OBRA DONACIÓN OBRA SOLIDARIA OBRA/ SOUTERN AND EASTERN LANDSCAPES OBRA/ADMINICULOS PARA UN VIAJE INTERIOR. OBRA/DIBUJOS ORIENTALES OBRA/Est ubi inficere animan. OBRA/EXPERIMENTACIONES DIGITALES OBRA/HIMALAYA OBRA/INDIA OBRA/ISTANBUL OBRA/NATURES MORTES OBRA/ORIENT OBRA/PAISAJES MEDITERRÁNEOS OBRA/PALMS OBRA/PINTURAS DE ENERO OBRA/PINTURAS PARA EL FIN DE UN SIGLO OBRA/SÝMBOLON OBRA/TERRITORIOS DE PAZ OBRA/UMBRAL POÉTICO Y NOSTALGIA DE LA TIERRA. OCELLS Opinión OS DE BALAGUER OTROS BAILAN. PAISAJES CON DOS PRESENCIAS. PAISAJES DE AUSENCIA PAISAJES DE SEFARAD PAISAJES DEL ALMA PAISAJES PATRIAS PECES Personas que me inspiran POESIS PRESS PROCEDIMIENTOS PICTÓRICOS PROCESOS QUE BELLA ESTA LA MAR ESTA NOCHE RECORDS I ALTRES RACONS DE L'ÀNIMA RECUERDOS Y OTROS RINCONES DEL ALMA. REFLEXIONES SOBRE ARTE SE BAIGNER SERIE PARADIS SHIPS Sobre mi pintura SOMNIS TANGRAM TANGRAM. SANT JORDI 2016. TRATADO DE LUNAS Trocitos de Mar UNOS BEBEN V EXPOSICIÓN COLECTIVA DE ARTISTAS NACIONALES. VIDEOS EN YOUTUBE VOLVER X ART AL VENT YO SIEMPRE QUISE SER UN GRAN PEZ.
Mostrando entradas con la etiqueta REFLEXIONES SOBRE ARTE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta REFLEXIONES SOBRE ARTE. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de mayo de 2012

ALGUNAS NECESARIAS REFLEXIONES SOBRE EL ESTADO ACTUAL DE MI PINTURA.




Cada día me resulta más difícil escribir sobre mi pintura, sobretodo porque esta se articula estrictamente en el plano emotivo y precisamente esta dimensión es extensamente compleja y cada vez más inconmensurable. No obstante, creo que merece la pena un esfuerzo explicativo añadible al proceso y hecho artístico, para que aquellos a los que les haga falta una mayor concreción, la encuentren, quizás aquí, en estas palabras.

Mi facto pictórico, entendido como un mero retrato vivencial y experiencial, fenomenología de principios sensibles, parte siempre como en todos mis otros haceres, de una convulsión anímica sistemática:
Frente al paradigma en estos tiempos de ética light, pintar es hoja de ruta, medicina nectárea paliativa. Si el mundo puede perder su inquietud metafísica, el artista no.

Así, el arte deviene desde este punto de vista, en gran medida, activismo revolucionario, de cuestionamiento hacia un hábitat hostil e insoportable para el ser humano (sobretodo agresivo hacia su dimensión moral y afectiva). Pero a diferencia de otros activismos políticos y dialécticos, dinámicos e inquietos, este activismo es mucho más sutil, silencioso, poético, pequeño y mínimo. Y no por ser calmado y cauto, menos eficaz. Desde mi particular entendimiento, es pues, el arte, naturaleza metafísica y nostalgia de trascendencia, interpretación y posicionamiento del individuo respecto al papel que le toca desarrollar en este mundo.

Así, he tratado de pintar el conjunto idiosincrásico de mis emotividades; algo que solo se produce cuando en la vivencia de las mismas, aparecen las sensaciones del descubrimiento (descubrir que todas las cosas son la misma cosa) además del reconocimiento (reconocer que todos los hombres son el mismo hombre). En pensamiento, podría remitirse todo ello a términos intuicionistas en cuanto a una lucha contra la imperfección general del hombre, o mal metafísico derivado de su naturaleza incompleta y del hecho de ser una mera frágil criatura. Es más, podríamos añadir como fenómeno introafectivo, una consecuencia, en base a todo ello, de naturaleza misantrópica.

Pero alejándonos de toda esta retórica, la propia del sentirse vivo y combativo, no puede más que aparecer en la caprichosa dualidad humana, otra retórica, la propia del considerarse limitado y por tanto próximo a la muerte:

¿Acaso no es en definitiva la sed de vida la que impulsa al ser, en su pleno conocimiento y dimensionamiento, hacia la trascendencia?. ¿Quién es artista ajeno a tal categoría?: Nadie, pues en conclusión, el más importante, el grave y urgente problema de la vida y la ausencia de esta, es la insoportable levedad del ser, la muerte, la cual pesa aún más precisamente en estos momentos de áridas e infértiles interioridades. Y así, en yuxtaposición, la vida, al menos la del artista, la de este artista, es un proyecto de construcción de un camino de plenitud hacia el infinito.

Es por ello que en estas idas y venidas de años pictóricos, aparecen insistentemente en diferentes series y temáticas, la errancia, el abandono del incómodo y tedioso habitáculo para buscar el confortable hogar; las naturalezas atemporales trasgresoras de la contemporaneidad, el refugio en otras épocas, en otras culturas y sociedades. El constante anhelo de lo lejano, de lo distante, de lo exótico. También la valiosa posibilidad de conocer la experiencia de otros para vivirla como propia. En fin, aparecen constantemente en mi ser tantos nomadismos pasionales y fantásticos, con sus optimismos y pesimismos, heroicidades, melancolías, escepticismos, amores y desamores y otras épicas…

Mi corazón era como un viejo petrolero rumano camino del Mar Negro.
O como un saco de dátiles cruzando el Estrecho.

Quisiera ser estatua griega
De paseo arqueológico
y fuente serena.
Ciprés toscazo.
Cúpula de mezquita.

Pasé mi vida cual tragedia en Epidauros,
como comedia en Verona,
como asesinato en Orán
como caja de Pandora.

Fragmentos del Poemario Extraño. Rafael Romero, 1997.


Vestida de una premeditada retórica de ingenuidad y evidencia, la cual puede resultar anecdótica si no se profundiza más allá del “primo viso”, mis últimas obras, paisajes marinos, ciudadelas desiertas, noches insistentemente estrellladas, se articulan en torno a una idea muy particular de paisaje, personal e intransferible (como todo lo emocional). Pero estos paisajes, o lares de aparente idilísmo, resultan, o al menos así lo pretenden, ser territorios del olvido, del abandono, de la solitud más extrema e inimaginable. Pero no en un sentido peyorativo, trágico, melancólico…Tal vez sean sin más lares serenos de exilio voluntario, lugares donde depositar el cuerpo y el alma, donde desaparecer dentro, ínsulas en mitad de la nada, que permiten el recogimiento con uno mismo (quizás ellos mismos sean la nada en medio del todo).

Así, estos cautos parajes, paradisíacas metáforas, evocan la irremediable minimización del cansado ser, su descanso merecido en la praxis del no-pensamiento, en la voluntariedad del no-ser, en la transfiguración en la totalidad y a la vez en la nada:

ahora que mis pies se encuentran enterrados en la caliente arena del desierto, cierro los ojos. No necesito ver más. Mi deseo es sentir el débil paso del aire fresco entre las finas hojas de las palmeras.

Del Poemario Extraño. Rafael Romero, 1997.

He aquí, que en lo simbólico de mi obra, aparece nuevamente lo metafórico como objeto de conocimiento. Estos paisajes, no se extrañan ni de la existencia ni de la finitud de esta, ya que estos desconocen el ansia de trascendencia y resultarán sin más un efímero episodio de lo finito, un suspiro como el hombre en la noche de los tiempos.

Esta sensación poética, apetencia vigente, necesidad actual de descanso personal, deviene pues territorio esperanzador, pues lo que florece en estos momentos de mi vida es lo extremadamente simple. Así estos paisajes pintados son sin más territorios esperanzadores para el desasosiego (quizás lo que se siente en estos parajes, en los que la naturaleza se desnuda en sus elementos fundacionales (agua, aire, fuego y tierra), no sea demasiado diferente de lo que se sienta en la trascendencia). No en vano, un oasis resultó siempre el lugar donde reencontrar la satisfacción del sentirse a salvo en la frescura ante la hostil aridez del desierto, pero a la vez, un lugar donde quedarse para siempre rehusando el cruzar de nuevo agrestes e infértiles extensiones. Lugares en definitiva donde concluir la existencia.


Rafael Romero.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Pequeño e insignificante tratado sobre cómo ejercer una responsable y satisfactoria praxis de la creatividad artistica.



Pequeño e insignificante tratado sobre cómo ejercer una responsable y satisfactoria praxis de la creatividad artistica.


...Algunos han de alejarse de su endiosamiento creativo, artístico, pues desde tan alta atalaya, aunque resulte increíble, poco se divisa. Otros deberían alejarse de ese absurdo alienamiento en la rebeldía. Otros se hayan profundamente perdidos en una hermética razón hegeliana, y otros en una caótica carrera intuitiva e introafectiva (emocionalismos improductivos), y todos sufriendo extremadamente por la estructura temporal de las cosas, el paso del tiempo, elemento destructor, opositor, resistente, que cabe relativizar...Todos necesitan tal vez adentrarse en su cálido Yo...Volver a casa.

...La humildad es la compañera de todo descubridor.

De la miseria del aislamiento.

María Zambrano



Una de las preguntas clásicas y cíclicas de algunos de mis alumnos, en el contexto de la enseñanza superior de las artes, es: ¿cómo se llega a ser un buen artista?. O planteada de otra manera: ¿cómo conseguir la exceléncia en una obra de arte?.

Esta cuestión, vestida de formulaciones diversas, es muy planteada por parte de entes inquietos por el vasto conocimiento de esta área del saber humano, el arte y la creatividad. Cuando hemos entrado en el asunto, en sanas tertúlias de aulario, estos, coinciden en explicar preocupados, cuan difícil les resulta superar el caos que les genera la indefinición y la entelequia que supone la cuestión. Algunos, plantean, que les resulta árduo encontrar en el complejo mundo en el que vivimos, espacios, territorios predispuestos para la dialéctica y el debate,...territorios que sirvieron antaño para resolucionar tantas inquietudes, hoy terrenos baldíos, como señalaría Benedetti en su poemario. También apuntan su sensación de aislamiento silente y la gran incomprensión por parte de un mundo que no atiende a estas cuestiones, pues son intrascendentes a la cartesiana y calculada máquina neo-liberal. Añaden además, que el profesorado, en este contexto universitario, que debiera ser cultor, ejemplificador y motivador, les resulta cada vez más, salvo contadísimas excepciones, un pozo seco, un extranjero alienado en otras incomprensibles patrias, luchas y banderas. También que muchos se perdieron en el mercenariado de la sumisión a tanta crítica de arte “curatora”, al servicio de “su majestad”, dejando de ser ellos mísmos para practicar modas y tendencias dirigidas al “no ser”, al “no pensar”, al “no molestar”.

Y así, devienen en consecuencia en este caos, más caos, entes callados, que lo observan y fagocitan todo, sin importar su calidad y apetencia, coleccionan bárbaras ideas ajenas y olvidan, no se les enseñó de otra manera, el cultivo de las propias. Ante este estatus animofágico, comentan, no les queda más remedio que remitir su inquieta cuestión a un recorrido íntimo por sus introafecciones y un llegar a sus propias conclusiones, si llegan, puesto que muchos tiran la toalla desde la desmotivación y la no consecución de respuesta.

Yo les respondo entonces, que su pregunta de ¿cómo llegar a ser un buen artista?, ya tiene en esta disertación gran parte de respuesta. Al menos, hay consciencia de oscuridad y necesidad causa-efecto de buscar luz. También, y esta es una respuesta universal, aplicable a cualquier área de conocimiento, queda aquí clara la idea de que todos huimos de la infelicidad buscando la felicidad y también de que todo esto, es una cuestión profundamente introspectiva y que en definitiva, sencillamente, la buena obra de arte procede del buen artista, alguien que cultivando su interno en valores altruistas comparte con los demás su excelencia. ¿Acaso no es todo ello un camino de crecimiento personal?.

En todo caso, a mí, y creo que a cualquiera, le resultará difícil, por no decir imposible, dar una respuesta universal a esta complicada cuestión. Personalmente, he procurado entrar siempre en este tipo de debates, con mucha prudencia y responsabilidad ética. La pregunta, debe ser contestada con sinceridad: “ No lo sé”, o “llevo años buscando esa respuesta” o simplemente uno debe expresar sus acertadas o equivocadas conclusiones, intuiciones experiencias, con atención y respeto cómo para que tu alumno deje de sentirte cómo un poseedor de la verdad y te vea más cómo otro, como él, sencillamente “buscador”. Si por mi parte hay estos atrevimientos reflexivos, ello responde a una cuestión de responsabilidad docente y desde ello, intento exponer a manera de escrito, mis personalísimas y relativas intuiciones, que no conclusiones, al respecto. Intuiciones, cabe decir, de escasa importancia, insisto, puesto que aquello que para mí puede tener validez, para otros puede dejar de tenerla.

Aquí no hay hojas de ruta cartesianas y axiomáticas que te lleven a la excelencia creativa, yo al menos las desconozco. Pero lo que si hay, pues esto lo he practicado y corroborado, es una vía introspectiva, personal e intransferible, asentada en la emotividad de cada cual. Tal vez todo estribe simplemente en la búsqueda de la plena satisfacción que aporta la creación desde la profundidad emocional de cada uno: yo al menos así lo he defendido siempre, el éxito, la grandeza artística, ha de ser en primer orden personal y ha de responder a una autenticidad ontológica. Y desde estos parámetros y mucho y constante trabajo se experimenta un gran crecimiento personal y de servicio al otro, y creo que ello te lleva progresivamente a sentirte un “artista en plenitud” o un “artista realizado”. Si ello se consigue, la consecuencia sin duda no puede ser otra :una excelente obra artística. De una excelente persona, aparecerá seguro un excelente artista y de un excelente artista, claro, una excelente obra.

Seguramente algunos no estarán leyendo ya estas líneas y se habrán ido del discurso, ...esperaban quizás encontrar una contundente y clara presentación de una hoja de ruta para entrar en el Olimpo. Deseándoles lo mejor, agradezco a la vez su marcha pues ello implica que como buscadores, intuyen, creen, que este no es su sendero. Pero ello, me suscita plantear en voz alta la pregunta ¿hay un sendero, camino, ruta hacia la consecución de tan idílica y ansiada conclusión, encontrar la verdad última del arte, su grandeza, su excelencia ?. Debiéramos dejar todos de ser reyezuelos y dejar de perder el tiempo y hacérselo perder a los demás. Debiéramos no tratar de encontrar fórmulas inexistentes en esos satélites externos que nos saturan de ansiedad, ego e indignación, debiéramos tal vez “volver a casa”, al hogar, dejar de deambular por esos mundos de Dios y depositarse en uno mismo y encontrar la gran paz natural que supone este auténtico, primigenio, atávico reencuentro. Y corroborar que todas las teorías existentes no son más que burdos placebos. Y que la auténtica razón final solamente llega en cuanto se han procurado depuraciones drásticas, la mayoría de ellas fundamentadas en el sacrificio, en la anulación del ego y el altruismo. Encontrar “el corazón limpio”, pues creo, siento, que el gran artista y en consecuencia la “gran obra de arte”, es aquella que procede del corazón del ser integro.

He aquí que aparece el primer escollo natural a salvar, un alejamiento de lo satélite y un reencuentro con ese YO descuidado durante tanto tiempo, al que tan sólo se le habla para entonar discriminaciones y defectos, al que pocas veces se le cuida y mima, se le escucha en su respirar, en su caminar, al que obsesivamente e insistentemente forzamos en la proyección frente a la introspección. Por cierto, proyección generalmente de una mente y un corazón poco estudiado y trabajado con la consecuente garantía del fracaso.

El primer punto, opino, respecto a cómo optimizar el trabajo creativo y artístico de cada cual, estriba en una profunda convicción en cuanto a que el trabajar incansablemente comporta siempre buenas consecuencias y resultados. Pero este punto que pudiera parecer el primigenio, es totalmente ficticio y resulta una lógica respuesta a nuestro deseo de inmediatez. Cabe no obstante una reflexión aún más primigenia respecto a este tránsito: antes de trabajar vale la pena tener las ideas claras respecto a lo que se desea trabajar. Cabe sin duda por tanto tener un objeto de conocimiento, prolegómeno, axis con el que comenzar ese extremado y nada fácil camino de la obra de arte.

Para trabajar la tierra y obtener su fruto, uno debe ser, si desea tener éxito, campesino. ¿Pero que es ser campesino en la creatividad artística?. Para optimizar su trabajo y conseguir una excelente cosecha, el campesino, ha de conocer la tierra, su color, olor y sabor, textura, organolepsia, conocer la climatología, los ciclos biológicos de la botánica, las potenciales agresiones y enfermedades que afectan la salud de los vegetales, los aportes nutricionales, la influencia de los astros, la sabiduría ancestral, el legado que dejaron otros tantos sabios campesinos, incluso el refranero popular y su significado practico en tareas agrícolas. Nadie puede cultivar la tierra esperando buenos resultados si tan solo trabaja la tierra mecánicamente y sin una base de sabiduría. En el caso del creador, en nuestro contexto, plástico, ello no resulta tan resolutivo y lógico, su área de conocimiento deviene una auténtica entelequia e inconcreción. La hoja de ruta es totalmente intangible y debe ser buscada en un proceso silencioso, inconmensurable empresa, en un territorio frágil, oscuro y extraño. Estamos hablando de su propio sujeto y sus límites entre la vida y la muerte, entre la felicidad y el sufrimiento. La tierra a cultivar y que ha de dar fruto no es otra que su propio ser posicionado ante el mundo y el universo, un ser lógico y afectivo, razón e intuición. De este ser y sus introafecciones surje tras mucho trabajo y esfuerzo el fruto artístico. Así pues la unidad mínima irreductible del arte no es otra que su artífice, el ser y su YO.

Estamos hablando del artista como alguien que en definitiva desea explorar el mundo exterior desde el mundo interior, y compartir sus resultados y conclusiones con otros entes lógicos y emocionales, este es el artista, un hermeneuta, entidad metafísica, recorrido ontológico. El artista se empeña en ejercer, ante la extrañeza de la efimeridad y limitación de su ser, la revelación de misterios universales. Igual que el condenado a muerte merece gozar de un último deseo, el artista merece el categorizarse en su “tempus fugit” cómo un héroe al que le pertoca el intento de ordenar en tan poco tiempo tanto caos, el intento de encontrar un camino que nos lleve a todos sin excepción a la verdad. No hay mucha diferencia con otro tipo de buscadores, mucho más empíricos, como los científicos, en todo caso estos ejercen esa búsqueda, responsabilidad humana, desde su razón, el artista lo hace fundamentalmente desde su intuición. Pero ambos, en definitiva son alquimistas que tratan de volver visible lo invisible.

las bases educativas actuales de nuestra sociedad, se empeñan, mayoritariamente, en descartar el interno improductivo del individuo, para trabajar con él desde la más tierna infancia desde parámetros proyectivos. Tal vez corren y proliferan por ahí, tendencias placebo, como las corrientes que preconizan la suma importancia del desarrollo de la memoria emocional, pero a mí, no me acaban de convencer en cuanto a que si bien sus axiomas pueden ser interesantes, acaban siempre al servicio de ese caballero “don dinero” que es el que acaba organizando y decidiendo nuestras existencias en estas locas y ya prácticamente globales sociedades de la sumisión y la obediencia neo liberal. Claro, la dimensión introspectiva, aquella en la que dormitan los sentimientos y las emociones, interesa en su letargo pues se demuestra que el ser es mucho más productivo desde el llevar sumisamente su yo al mundo envolvente, que llevando el mundo envolvente a un yo interno sólido, ético y resolutivo. Así su mundo interior se convierte, por una simple cuestión de desconocimiento del mismo, en territorio, irreal, ficticio, lánguido y frágil. Claro, el artista cuya fuerza motriz son los sentimientos no puede proceder más que precisamente de estas interioridades, dimensiones ignotas y por tanto, en la medida que desee hacer florecer su en esencial, rico y potencial mundo creativo, deberá, no hay otro camino o posibilidad, recuperarse a sí mismo desde su re ubicación en estos enteléticos territorios. Muchos jóvenes artistas, generacionalmente, ya han sido educados en esas fenomenologías proyectivas y son más hábiles en ellas que en las internas. Por otro lado, muchas veces, los caminos de búsqueda interna, endopáticos e introafectivos, son, han sido categorizados, cómo sinónimo de debilidad e ineficacia en estas sociedades en las que el triunfo viene dado por la estricta habilidad racional y el control y mesura de las emociones, en el mejor de los casos una emotividad condicionada al servicio estricto de la razón, véase un precedente histórico afín en la Ilustración.

El yo introspectivo, es el sujeto artífice de toda nuestra experiencia artística y creativa, y ¿que ocurre si lo desconocemos?, pues que la experiencia creativa y artística no se sostendrá. Hay quien me cuestionó en cierta ocasión esta categorización al referirse a Andy Warhol en el contexto Pop-Art. Warhol, preconizaba la más drástica de las frialdades depurativa y emocionales en cuanto defender una obra aséptica en la que en sus seriaciones la idiosincrasia y el sentir del creador quedaran reducidos a la nada . Pero incluso para llegar a esta conclusión conceptual, Warhol tuvo que recurrir a sus afecciones, y este efecto llamado obra de arte tiene una causa, seguro, en un convulso mundo interno.

En este trayecto de génesis de la obra de arte, opino, que el artista debe comenzar por observar, cuestionar, reorganizar, reinventar, reivindicar, trabajar desde cuantas posibilidades sean posibles ese Yo interno. Se trata pues de reivindicar sin más, que en el Yo, se encuentra la fuerza motriz de todo artista y creador. En primer lugar puesto que carece de fisicidad y marco conceptual, siendo un territorio libre, a menudo cambiante e inimaginable además de inconmensurable, en segundo lugar puesto que carecemos de pautas pedagógicas, tutorizaciones eficaces que nos lo presenten como objeto de conocimiento y trabajo , a veces no es más que un problema de autoestima, de falta de amor hacia uno mismo, de sustentación, de cimientos, cuando en la mayoría de los casos somos tan solo fachada. El Yo interno suele dar miedo, terror a descubrirnos. La introspección, requiere por naturaleza, de mucha soledad y silencio, muchas horas de conversación con uno mismo, un dejar fluir libremente nuestros pensamientos e ideas para poder observarlas. Ello es extraordinariamente difícil, hay muchos tapones y barreras en ese camino Tal vez el tapón más difícil resulte el poder ejercer dignamente, en estas agresivas sociedades del “Tener”, la idiosincrasia del “Ser”. Y el artista “Es”, por encima de “Tener” .

El Yo interno, fuerza motriz de una creatividad y arte éticos y de bonanza no puede ser confundido con el Yo del “Ego”. Fuera de reflexiones semánticas, etimológicas y formales, cabe distinguir desde el sentido común experiencial entre un Yo de la responsabilidad y un Yo de la irresponsabilidad o el Yo ególatra. Y ello se ordena en base a una simple y bien conocida necesidad: la búsqueda de la Felicidad.

El Yo interno, llamémoslo altruista , es un misterioso territorio sine qua non al proceso creativo y artístico, un territorio por explorar y descubrir vinculado a un paulatino crecimiento personal. Este se desarrolla desde un experiencial sentido de la búsqueda de la felicidad y alejamiento del dolor y el sufrimiento y comienza a enraizar y tener fundamento en proporción al ver cada vez más a los demás cómo a uno mismo, en mayor valor en cuanto a la proximidad que no a la diferencia. Aquí aparecen las emociones y los sentimientos de paz, amor, fraternidad, compasión, etc.

El Yo llamémoslo Egoísta, apena guarda misterios y apenas es territorio ignoto, es estrictamente proyectivo y en muchas ocasiones mecanismo causa-efecto de un atroz miedo al fracaso, a la soledad y al no reconocimiento. Este, también ocasiona un crecimiento personal en cuanto a potenciar una violenta preservación en la que todo vale. En este caso más valdría hablar de él respecto a su progresivo decrecimiento configurando un ser que mengua hacia el dolor, alejándose de la felicidad.

Cada cual aprende por sus propios medios a cultivar su tierra, a ser campesino o un simple removedor de suelos baldíos. El buen fruto del campo se obtiene con mucho amor y el buen fruto artístico también. En cambio el egoísmo no da buen fruto . El motor generatriz del arte y la creatividad se fundamenta en los sentimientos, y si el artista carece de una base amorosa y altruista, de corazón limpio, el arte no pueden ser más que convulso, iracundo, desordenado y condenado, a pesar de efímeros espejismos de grandeza, sin duda megalítica, a un bien seguro fracaso.

También hay campesinos que utilizan pesticidas y agresivos y tóxicos productos químicos, para obtener rápida y anti naturalmente un fruto bellísima, pero que no causa más que problemas de salud a su consumidor. Su bolsillo seguro estará lleno, pero ¿y su corazón?. Al artista que cree frutos tóxicos desde su ego, se le ha de secar a la larga su corazón.

Si el yo altruista en constante crecimiento, es vinculado a la anterior fórmula ya nombrada de mucho y constante trabajo, el resultado no puede ser en absoluto malo y mucho menos el valor que nos procurará de felicidad, sobretodo al ser compartido desde el altruismo. No hablamos de lo discursivo, lo temático, del qué se comparte y de su estética, hablamos de su fundamento generador y de la constancia en este. De ahí se diversificarán millones de propuestas diferentes en base a millones de individualidades diferentes. Pero todas ellas bien fundamentadas.

¿Y qué cultivar?. Esto varia según la experiencia vital del campesino, sus propensiones, gustos, valores aprendidos, también valores heredados...¿que más da?, el caso es que habrá un buen fruto, ecológico, sano, ético y altruista a compartir. En el caso del creador artístico el dilema será: ¿Qué explico ¿qué comparto?. En este caso no debe preocuparse demasiado puesto que este dilema desaparece acorde al crecimiento personal, la experiencia y el constante trabajo. Hay tantas cosas por practicar, descubrir y compartir. Incerteza en el camino, claro, pero certeza en el objetivo.

Así, desde mi modesta opinión, el artista, evidentemente debe trabajar y mucho creando y produciendo, pero no antes de tener bien amueblado y decorado su territorio interno. Así como el campesino conoce y mima la tierra antes de sembrar, el artista debiera tener bien asentado y firme sus foros internos. Su Yo altruista, emotivo, sentimental debiera permanecer a flor de piel, este es su axis mundi, su motor primigenio.

Pero ¿cómo cultivar el Yo?. Generalmente es una cuestión natural que se va desarrollando a través del tiempo y la experiencia, no es en absoluto un punto de partida cerrado, no es comenzar una andadura tras reforzar el yo de las emociones y los sentimientos. Este estará forjándose siempre a lo largo de nuestra existencia. Pero si que podemos favorecerle al máximo cuanto antes, liberándonos de miedos absurdos, liberándonos de nuestros propios venenos, el odio, la envidia, la violencia. Sabemos que nuestro íntimo ser es territorio en el que poder calmar nuestras convulsas mentes, hay quien cuida su cuerpo, debemos también cuidar nuestro Yo interno, el altruista, el que nos aporta felicidad y aporta felicidad hacia los demás. Creo que es una simple cuestión de transformación, mi yo convulso me provoca ansiedad, malestar, infelicidad en definitiva y mi Yo apacible, calmado y sereno me conduce a la felicidad. Ponemos en la balanza felicidad e infelicidad y todos, sin la menor duda apostamos por la primera opción. “Calma Mental”, esa debiera ser una buena pauta, procurarla no solamente en el ámbito del creador, sino también en cualquier actividad humana. Muchos preguntan: ¿Pero cómo procurar esa Calma Mental, si tengo tantos problemas?. Es extremadamente difícil pero a la vez simple: relativizando los mismos pensando en positivo en nuestra potencial capacidad de superación. Y esto también se consigue con el paso del tiempo y en mayor proporción cuanto más bagaje tengas en estos desagradables, inevitables, pero necesarios recorridos.



Hasta ahora, podemos categorizar las siguientes cuestiones respecto a cómo ejercer una “buena”, “excelente” praxis de nuestra creatividad.

1.- Reconociendo, recuperando, revalorizando nuestro Yo interno más benéfico y discerniéndolo, separándolo del Yo burdo, el Yo del ego. Pronto, ese Yo de la autenticidad, manifiesta su riqueza emocional y sensible, pronto desde él, aparecen ganas imparables de erigir discursos compartibles a través de la creatividad de cada cual, desde el trabajo y el buen uso de habilidades y calidades técnico-procedimentales, configurando una categórica obra de Arte.

2.- Trabajando, trabajando y trabajando. Trabajar incansablemente, un trabajo, imparable, voraginoso que se irá moderando progresivamente desde la ley universal de descartar, desde nuestros criterios de “dignidad”, separar lo válido de lo inválido, una pirámide inversa de depuración que irá llevando a una obra sólida. Si no hay mucho esfuerzo y trabajo, insisto, difícilmente se logran buenas conclusiones.

Curiosamente ocurre que un Yo interno bien asentado, de autoestima, de crecimiento personal y de altruismo, ese Yo que hemos defendido como valor “sine qua non”, generatriz de una obra de arte humana y sensible, rápidamente, como valor intrínseco de un individuo creativo, ejerce sus lógicas funciones proyectivas. Es decir, que comenzamos a observar, mirar y valorar todo aquello que nos rodea, pertoca y preocupa, del llamémoslo, mundo externo. Así deviene un esteta y a la vez un pensador, siendo todas sus percepciones objeto de conocimiento y potencial creativo, en nuestro caso, en los pintores, de carácter plástico. A ello, yo le llamo fenómeno ventana., una mirada hacia el ámplio mundo. Un mundo externo que será progresivamente indisociable del interno. Habrá nacido un mundo único, que recorrer y practicar desde la más grande de las motivaciones. Cierto es que la experiencia vital respecto a lo que nos aporta el mundo es inconmensurable. Y aquí es cuando el artista abre de golpe y desde la penumbra esa ventana que le conecta con el universo y observa cual fagocitador de placenteras emociones y razones, el Todo. Todo aquello susceptible de ser vivido y experimentado, y ello lo hace desde su excelente percepción , un yo ególatra experimentará por el contrario constantemente tal ceguera que difícilmente en su limitada y pobre existencia haya una ventana abierta al universo. Y uno mira a través de este umbral y se proyecta fuerte y sólido hacia él y lo vive y lo estruja y le saca todo el “alimento mentis” necesario para seguir creciendo, y en ello ya está creando pues estamos en aquel territorio “invisible”, de la creatividad. Reordena pues lo que vive, lo cuestiona, lo metamorfosea y le da forma desde miles de lenguajes y aventuras plásticas y conceptuales, y aquí es donde tenemos la obra de arte que po es más que el resultado de una vivencia de hermoso, altruista y amoroso crecimiento personal.

Un yo altruista bien fundamentado, mucho trabajo y una universal ventana abierta cargada de sugerentes invitaciones a la aventura, he aquí, lo que yo humildemente entiendo y así lo ejerzo, como una buena praxis de la cuestión artística y creativa.



Lo que la ventana me ofrece.

Este es el punto tal vez que más me pesa comentar puesto que pudiera prestarse a malas interpretaciones. Claro, ahora toca mencionar, creo que es necesario aquello que personalmente forma parte de lo que yo he vivenciado a travésde mi particular ventana, mi relación con el mundo y que ha dado lugar a tantas iconografías en mis trabajos como pintor. Y quisiera hacerlo nuevamente con boca pequeña, más pequeña incluso que respecto a los puntos precedentes tratados en este ensayo, puesto que es ahora cuando uno debe, a la fuerza por otra parte, hablar desde el yo más íntimo. Y lo hago abriéndome las carnes, algo que a los que hemos decidido dedicarnos a la pureza plástica, nos cuesta horrores, claro, ir más allá del discurso plástico como lenguaje e ir a desgranar, ejemplificando, conceptualizando esos territorios silenciosos, no resulta nada fácil ni agradable.

Yo comencé, hace años, abriendo mi propia ventana con pretensiones filosóficas, es decir con el interrogante siempre bien presente y por lo tanto dispuesto a experienciar en búsqueda de la respuesta a tantas preguntas existenciales. Con el paso del tiempo y desde la escasa consecución de logros que no aportaban satisfacción a mis incógnitas, me fuí apartando un tanto de una infértil racionalidad para practicar la “poesis”, la poética: ser poeta, poetizarlo todo. Pero entiendo que puedan existir muchas otras posibilidades al acercarse y mirar por la ventana. En mi caso siempre ha sido todo muy calmado y sosegado, pudieran existir no menos valiosas actitudes contrarias, agresivas, convulsivas, provocativas, las cuales me temo responden a una escasa concienciación de aquel primer, primigenio valor del altruismo el cual predispone a estas praxis más pacíficas. En este punto solo cabe, con boca pequeña, insisto, hablar de la experiencia personal, yo he abierto mi propia ventana y en ella, genéricamente, siempre he divisado territorios de esperanza y optimismo dispuestos a ser compartidos desde iconografías que se han ido depurando y concretando desde mucho, incansable, voraginoso y pasional trabajo. Mi gran deseo fue siempre compartir aquello que en mis mundos inventados a mí me provocaba felicidad y a los demás pudiera provocar también felicidad. Y en esa observación de los fenómenos a partir de mi particular ventana y tanto y constante, insisto, trabajo, me he ido vinculando a aquello que he ido considerando oportuno, diversos axiomas empáticos, cuestionadores de lo “sedentario”. La amplia ventana, me ha ido mostrando, fundamentalmente desde la recomendable, por su extraordinaria riqueza, posibilidad del viaje, siempre un mundo enorme ante el que no cabe más responsabilidad que ejercer nomadéos y acercarse a muchos diversos y ricos territorios, culturales, espirituales, históricos y oníricos. Territorios, que en lo estrictamente geográfico, caprichosamente, han despertado mayor interés, mientras más se han acercado al sur y al este. Mecanismos de reconocerse uno mismo en la alteridad... el norte y el oeste siempre me resultaron improductivos. Y también he ejercido este nomadéo en el valioso territorio de lo atemporal, refugiándome, como así tantos otros también lo hicieron, en épocas pasadas, tal vez esto con más frecuéncia en la medida que uno madura, por decir más elegantemente envejece. Y ocurre al respecto, que en estos momentos, uno, a diferencia de jovialidades precedentes, ya no mira tanto al futuro, pues este es incierto, y se refugia en aquello que fue y guarda en ocasiones la tragedia y en otras la suerte de no poder volver a ser. Y en estas empatías, viajes de ventana, de ida y vuelta he añadido mi vocación por un aspecto a mi entender fundamental para este crecimiento personal, como es el valioso legado “cultor” de otro,s que precediéndonos, dejaron con exceléncia sus reflexiones escritas, pintadas, musicadas... experiencias en absoluto diferenciables en sus bases de las nuestra , pues ellos amaron igual que amamos nosotros y sufrieron igual que sufrimos nosotros y fueron efímeros igual que lo somos nosotros. Existe pues, un extraordinario legado, que en la rapidez de la deshumanización contemporánea se insiste en relegar al olvido, pues invita a pensar por encima de consumir.

Estos son pequeños matices de mi ventana, empatías, introafecciones que mueven mi máquina vital y van configurando, después de toda mi vida, desde la más tierna infancia pintando, mi idea del “hortus conclusus”, un huerto que se está acabando, pues creo, intuyo, que pocas novedades aparecerán ya en el trayecto que me quede...!con estos cuatro tomates y lechugas soy tan feliz!, no necesito mucho más.

Tan solo soy un humilde e intrascendente campesino y por lo tanto, cierro esta ventana, y la doto nuevamente de intimidad, no por recelo, más bien por respeto. Si la he abierto minimamente no es más que para invitar a que cada cual practique desde un Yo fortalecido en sus valores más amorosos, el abrir y experienciar la propia y contemplar así sus propios paisajes universales.

Matizar por último, pues no debo extenderme más en este discurso cuya finalidad es únicamente motivadora hacia este alumnado inquieto, que en ese trayecto de cultivo de una fértil tierra que ha de dar su fruto dulce y exquisito, desde un yo fundamentado en una operativa introspección causa-efecto de un mundo, universo, inconmensurable, no debe faltar una responsable hermandad artística, cuidarnos implica compartir nuestros logros, crecer juntos y ayudarnos en esta noble causa que pudiera ayudar sin duda a mejorar este muy mejorable mundo. Esta cordialidad, que no es más que una “bienfaissance” , escasa y cara, debe ocupar urgentemente el lugar que le corresponde. Al menos en nuestro contexto inmediato en la enseñanza superior de las artes.

También urge llevar nuestra amada actividad, ante el exilio forzado al cual ha sido relegada por esta deshumanizadora sociedad del “tener” frente al “ser”, a una dimensión de respeto y consideración y ello únicamente podemos lograrlo desde un alto sentido de la responsabilidad y esto, no puede pasar mas que por una sólida cultura del crecimiento personal altruista y por un incansable trabajo de calidad desde el constante esfuerzo.

Esta es la humilde opinión de este peón de albañil de las emociones.

Agradezco el tiempo dedicado a leer estas línea y espero de corazón, hayan propiciado reflexiones motivadoras hacia el crecimiento personal creativo y artístico, aquel que lleva sin duda a crear una muy buena obra y por lo tanto crear un gran ser humano puesto que la grandeza y calidad artística son inseparable de la grandeza y calidad humana.


Rafael Romero.

Pintor.
Profesor del laboratorio de materiales escultóricos y pictóricos.
Facultad de Bellas Artes. Universidad de Barcelona.

lunes, 29 de agosto de 2011

Cuaderno de Viaje: Reflexiones sobre París, ciudad metafísica.





Cuaderno de Viaje: Reflexiones sobre París, ciudad metafísica.



En París, todo hombre digno de ser llamado artista, debe ponerse a prueba”

Giorgio de Chirico.

Yo siempre he sido muy “afrancesado”. En otros tiempos, como por ejemplo los de D. Francisco de Goya y Lucientes, ello, coincidiendo con la popular “Guerra del Francés”, la “Guerra de la Independencia”, la también llamada “Guerra de los Sitios” sufrida entre otras por las poblaciones de Madrid, Zaragoza y Gerona hubiera sido un asunto a tener al muy buen recaudo de la prudencia en círculos populares, ya que fácilmente, estos, hubieran malentendido esta bonanza y hubieran forzado también, cuestión de supervivencia, un exilio hacia Bourdeaux, como en el caso del ilustre pintor sordo, o tal vez hacia Toulouse du Languedoc, Narbonne, Lyon o el propio París, por una caprichosa apetencia personal, territorios alejados de la cerrazón de los tres poderes preponderantes en la eterna España. Muy al contrario la comprensión seguramente se hubiera manifestado en círculos intelectuales los cuales verían la influencia Gala, a pesar de aquella invasión militar, como una bien recibida llegada, agua de mayo, de aquellos valores revolucionarios, respetados por el Imperio, que defendían el Sufragio Universal, la obligatoriedad de la enseñanza, valores humanos consecuencia de una novedosa manera Ilustrada y Enciclopedista de entender la existencia desde la razón, motor primigenio del progreso y este a la vez del estado del bienestar.

El origen de este “afrancesamiento” se encuentra en una accidental, tal vez fortuita, a lo mejor todo lo contrario, causal circunstancia, el caso es que en mi infancia escolar, y según los planes educativos de entonces, en la escuela se debía elegir el estudio de una de dos lenguas extranjeras obligatorias, el inglés o el francés. En el caso de mi escuela, una escuela pequeña y de carácter familiar, solo existía una posibilidad , un imperativo, la oferta se limitaba a la lengua gala y por tanto ello condicionó el estudio de la misma. Después en el bachillerato, tuve la suerte de contar con la excelencia educativa de una magnífica profesora de esta lengua, Dª María Rosa Mestre, catalana formada en “la Sorbonne”, dura como un hueso, supo meter en mí, hábilmente, el “veneno” de la Francia y sus hombres y mujeres ilustres, así, en siempre muy calculados ejercicios gramaticales, fonéticos y sintácticos, aparecían las presencias de Molière, de Descartes, de Montaigne, De Sartre, de Brassens, de Voltaire, de Apollinaire, de Delacroix, de Braque, Ionesco...y tantos y tantos entes que despertaron en mi adolescencia, curiosidad, aproximación y experimento.


Después fueron llegando en la juventud empatías de traslación, es decir nomadéos cognitivos que debieran corroborar “in situ” las bonanzas de aquella cultura, para nada local, más bien universal, puesto que Francia ostentó a partir de su sangrienta revolución la “capitalidad del mundo”, y sigo convencido que aún la sigue manteniendo. Así pues, la experiencia del viaje me llevó a un mayor convencimiento de esta nacionalidad necesaria para un como yo “ trabajador de las emociones”, y es que en Francia, se encuentra, si se insiste en ver más allá de lo superfluo y en mirar tras las piedras, una gran dimensión de conocimiento.

Mi habilidad, siempre mejorable, con esta lengua, resultó de una gran comodidad para una formación extra a mis ya habituales lenguas contextuales. Quedó pendiente no obstante la asignatura del inglés, el cual desarrollé por necesidad de una manera auto-didáctica muy precaria, pero suficiente como para encontrar en caso de neesidad una farmacia o una calle en London, Berlín, Izmir,New york, New Delhi, Karachi o Doha. Debo reconocer que hubiera podido en algún momento de mi vida profundizar mi estudio de esta lengua de la globalización, pero discúlpenme, me dediqué a cosas más interesantes y existenciales como pintar, leer o pensar. Es más, reconozco cierta antipatía no hacia esa lengua sino a esa absurda y vertiginosa imposición para convertirla en una lengua mundial, hegemónica en detrimento de otras tantas incluso poniendo a estas en peligro de desaparición. Claro, los intrusismos forzados nunca me gustaron.

El francés formó parte de mi formación y educación y en consecuencia es hoy valor “sinequanon” a mi idiosincrasia.

En realidad, claro que soy un “afrancesado”, pero también y por encima de ello un ciudadano despierto del mundo, abierto y atento a todo aquello que pueda ser potencial para el crecimiento personal y humano, y me emociono como español escuchando al maestro Rodrigo a Andrés Segóvia o a Narciso Yepes como me emociono como catalán leyendo a Espriu. Como también se me retuercen las interioridades viendo desde un jumbo la cordillera del Himalaya, o meditando en una gompa en Sikkim, o escuchando la dulce voz del muezim en Istanbul. Que más da, si al final resulta ser cierto aquel fragmento de canción que con el sereno aliento de Manolo García, nos recuerda que nuestra tierra es nuestros zapatos.

Hago estas reflexiones para invitar a los demás, como hago siempre, hacia todo lo que a mí me parece bueno. Y no puedo dejar de hacerlo, ya lo he comentado anteriormente como “trabajador de las emociones”, eso es en definitiva el arte, un compartir las dimensiones íntimas. Y como artista, y nuevamente volviendo a Francia, he aquí que encuentro un territorio óptimo para depositar en ella mi alma con sensibilidad artística, en mi caso creando, desde mis intuiciones y sospechas en sus museos, boulevares y callejas. Tal vez otros, los que lo practican desde el elixir turístico, ojalá también encuentren como espectadores el disfrute de estos lares en los que  se desarrollo sin la menor duda parte de la historia sensible de la humanidad.


Me encuentro en un viaje de peregrinación a París (hay quien peregrina a Roma, a la Meca, a Lourdes o Fatima)...siempre son destinos espirituales y afines a creencias,...los que peregrinamos a París, también lo hacemos desde esta connotación sin la menor duda, nuestra creencia se centra en el potencial humano, incluso en la hipotética posibilidad del don creativo con el que Dios pudiera haber dotado al hombre, para quienes lo quieran creer así. París, es el lugar en el que se concentró, y tal vez sigue concentrándose hoy el mayor numero del mundo de talentos, y por lo tanto lugar donde clamó y clama el triunfo del hombre en su progreso y galopa pues en consecuencia simbólicamente el corcel de la libertad, alejándose poderosamente de todo aquello que representa al antiguo régimen y el límite impuesto del hombre sobre el hombre.

Y pletórico, me veo ya lleno, como siempre que viajo, de intuiciones, sabores, tareas por realizar e ideas por compartir que se articulan en vorágine de líneas y dibujos de cuaderno de viaje. Los cuadernos de viaje, son sinceramientos, encuentros fructíferos con los territorios íntimos y a la vez ínfimos de cada uno.

A los lugares, como preconizaba Baudelaire, se debe llegar en desnudez de cuerpo y espíritu, y vestirse del amplio simbólico y retórico vestuario que cada cual vaya descubriendo y decidiendo. En ese sentido, creo que es muy constructivo y satisfactorio también ejercer la extraordinaria posibilidad de establecerse en códigos que resultan ciertamente herméticos para el turista de a pié, pero que para el viajero ilustrado, vocacional, aparecerán enigmáticamente en cada piedra y en cada esquina. El requisito previo es haberse precisamente ilustrado a través de tanta y tanta literatura al respecto de cada destino, aquello que los viajeros previos nos han legado en sus legajos, aquello que también nos ofrecen altruistamente los gentiles locales, aquello que reverbera en los libros de historia, aquello que hábilmente desde la contemplación y a la vez la atención, descubrimos nosotros mismos en los códices que crean nuestras conexiones neuronales, nuestros recuerdos, experiencias previas, memorias colectivas, diálogos, iconicidades, sonidos, músicas, pinturas y en ocasiones en planos más esotéricos si se tienen capacidades, experiencias pre-vitales.

Por ejemplo, aún existiendo en París una única “Tour Eiffel”, en realidad existen miles de millones de “Tours Eiffel”, claro, la experiencia vivida en ella es única, personal e intransferible. Responde a la personalidad, cultura y bagaje de cada cual. En este sentido, me refiero a experienciar desde la riqueza de la impregnación vital de cada cual estos momentos excepcionales y únicos dotándolos en lo posible de una calidad extra-turística, es decir, vivenciándolo desde las emotividades y todos aquellos valores que dotan la experiencia de excepcional,que no significa más que algo que va más allá de lo normal. Claro, la normalidad te llevaría a utilizar este tipo de monumento como lo que en apariencia es, un mirador, y por tanto utilizarlo como una atalaya desde donde fotografiar las vistas de París y poder decir en un sentido “nippon”, “¡yo estuve ahí!”. Pero existen experiencias mucho más satisfactorias y que quedarán en el recuerdo en una dimensión extraordinaria. En mi ascensión y vivencia de la “tour Eiffel”, por ejemplo, simplemente he estado atento a dichas conexiones neuronales en actividad, claro, se ha evidenciado en gran medida la información previa adquirida en tantas variadas posibilidades para configurarse un sentimiento y una idea: la de Libertad. Esta torre, para mí, es más que un observatorio fotográfico, más bien, es un icono gigante que representa el triunfo de la razón, y he recordado la historia de superación del pueblo francés de su pasado absolutista, y he recordado la letra de la marsellesa y la proclama de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad y también a la Libertad guiando al pueblo de Delacroix. La torre es el triunfo de la razón, es el progreso, la superación de un hombre que desea dejar sus límites, ser ilimitado, sabio, solidario. La torre representa el potencial humano sobretodo por encaminarse insultante en aquellos primitivos tiempos hacia el cielo en más de trescientos metros de miles de toneladas de hierro ascendente desde el conocimiento de las leyes físicas. Después vendría el desarrollo de la aviación, la automoción, la electricidad...los Curie, no muy lejos de aquí entraban por primera vez en la estructura física y química de la materia.. Emoción en definitiva, en esta mi personal experiencia, no más válida que la de aquellos que deciden que la misma sea la del simple observatorio fotográfico, a los cuales humildemente tan solo les digo, que prueben, pues pueden, llevar más allá de los límites a los cuales ellos mismos limitan sus vivencias, pues encontrarán grandes satisfacciones. Huida nuevamente de la convención y de la ortodoxia, algo que defendemos todos los trabajadores de las emociones, que en definitiva lo somos todos.


Es cierto que yo llego a París con este “afrancesamiento” previo y con un montón de lecciones leídas y aprendidas al respecto y por tanto dispuesto, como siempre lo intento hacer a liberarme de la convención turística. También llego como en otras ocasiones como observador lógicamente hacia mi empatía, tal vez obsesión artística, pues aquí se desarrolló una intensa aventura combativa y radical desde comienzos del siglo XX, tal vez en su momento Áureo coincidiendo con las vanguardias. Lamentablemente, se que se ha insistido desde intereses bien conocidos en que todo ello se haya dirigido a simple referencia nostálgica sobre la que construir enciclopedias o museos, y me refiero a los agresivos mecanismos de mercado y fungibilidad de consumo, aquellos que han convertido definitivamente en las últimas décadas al arte como un objeto y no como un crisol de sentires universales. Tal vez muchos artistas, galeristas, comisarios, curadores y críticos debieran dejarse caer por aquí para percibir las improntas que quedaron grabadas en estas calles y que se refieren a una praxis artística paliativa del caos fundamentadas en un cíclico retorno a las poéticas individuales. Aquí en París, cuestión de genética, se respira en tantas y tantas historias pasadas, el mensaje de un retorno a la pintura como pintura, al oficio, al placer del trabajo artesano, a la obra bien hecha y gratificante, al abandono de dogmas excesivos e insustanciales, algo que aquí enraizó profundamente y que quedó incompleto por el desastre de dos guerras que se llevó tanta sabiduría para echarse a perder a un nuevo contexto, EE.UU, sin tradición ni bagaje, como “falsa” tabla salvadora, que precisamente acabaría de convertir el arte en un simple objeto mercantil, relegando al trabajador de las emociones al estatus de mero productor al servicio de un sistema deshumanizador en el que ahora, el galerista, el coleccionista y la institución museística son el absolutismo que aquí se venció desde un tal vez “utópico” sentido de “bienfaissance”...A veces, estos progresares neo-liberales no son más que retrocesos enmascarados.

Algo quedó incompleto aquí, estoy cada día más convencido, y lo he contrastado con compañeros que también así lo creen y que para mí sus opiniones son categorías como mi querido profesor y compañero José Luis Arce Carrascoso de la Universidad de Barcelona y mi no menos querido galerísta barcelonés Jordi Barnadas, dos de las personas que conozco que más saben de arte. Aquí quedaron muchos deberes por hacer y aquí quedó un auténtico tesoro por desenterrar..Aquí quedaron pistas, hojas de ruta, miles de pautas empezadas y a medias, aquí muchos artistas cayeron en la desolación de la primera guerra mundial que irrumpió en las primeras vanguardias y volvieron a levantarse con nuevos discursos que quedarían definitivamente inconclusos por el monstruo del nazismo.

Yo siempre fui un artista de difícil digestión, no había acabado una “manera de hacer”, para estar ya buscando nuevas gestualidades y recursos pictóricos, uno tras otro, velocidad e insustancialidad propia, creo yo, de la etapa jovial. Ahora insisto mucho a mis alumnos en que deshagan el mito de la innovación, y no sigan la idea de crear siempre en base a lo “no hecho”...¿Acaso queda hoy algo nuevo por expresar o decir?. 
Pongo siempre el ejemplo de la Fórmula 1 automovilística. Cada año seguro que hay pequeñas mejoras en esos potentes motores de inyección, pero pocas variaciones hay respecto a lo que ya se puede hacer por mejorarlos. En todo caso, lo que merece la pena en definitiva es de disfrutar de la conducción. Hay que disfrutar del hecho artístico. La mayoría de artistas que conozco que están obsesionados en esta vorágine de velocidad , innovación, progreso y hacer cosas nuevas, son unos desgraciados, es decir, fuera de gracia, fuera de felicidad, y lo digo así de crudamente porque no les veo contentos, casi siempre sufriendo, irascibles, celosos de sus “relativos” avances, devienen intolerantes y recelosos, ellos que están en la punta de la saeta y teóricamente representan la vanguardia más puntera y por lo tanto deberían ser los más libres, son censores de discursos no por pasados menos contemporáneos y por lo tanto devienen desde estas actitudes prisioneros de sus propias animadversiones. Hoy, serenamente me siento un pintor libre puesto que hago absolutamente lo que me da la gana fuera de modas, tendéncias y obsesiones cerradas y no le debo explicaciones y justificaciones a nadie por encima de a mi mismo. 


Respetando, pero no compartiendo, todas las opciones artísticas de lo único que me atrevo a opinar es respecto a la recomendación de intentar ser libres y felices con la praxis de esta noble actividad emocional, no ocultar disfrazar, alterar, transfigurar los principios primigenios sensibles del individuo. Esto, creo, es fundamental para diferenciar, ante la dificultad semántica y de definición, quien hace o no hace arte. Es vital, no venderse a causas impropias ni someterse a los fluctuantes caprichos del mercado. Es importante alejarse de toda esa legión de "titirambos" que no saben nada de arte pero teorizan sobre él únicamente desde el espectral interés económico y de mercado. Aquí, en esta polis, París, insisto, quedó un inconcluso legado inmenso, y tal vez, debiéramos mirar hacia atrás y recoger las espigas doradas que quedaron diseminadas por el camino. Tal vez, en ese sentido, supieron hacerlo productivamente bien, excepción histórica, los hombres renacentistas, que giraron radicalmente el timón de sus naves para dirigirse al pasado esplendoroso greco-latino,...de allí, del pasado, supieron recoger aquellas espigas diseminadas que decorarían pronto sus altares en forma de cánones fundamentados en la inconmensurable razón humana y la belleza en Floréncia, Roma, Milán o Venecia, para beneficio, claro, como no y como debería ser siempre de toda la humanidad . Precisamente, aquí, en estas calles de Montmatre y Montparnasse, muchas de las conversaciones relativas a los derroteros por donde debiera ir aquel arte de grupos, manifiestos e investigaciones, no se alejaban un ápice de aquel valor altruista renacentista, pensando en la tan arraigada, en aquella ciudad, idea de concordia y bienestar, la necesaria“fraternidad”... Al respecto, pocos valores de beneficio que vayan más allá de la fama y el enriquecimiento megalómano veo actualmente a mi alrededor en la contemporaneidad artística. Si a ello sumamos una creciente tendencia deshumanizadora de abandono de las ricas componentes mágicas, religiosas, míticas o simbólicas (que aún prevalecían en este París de comienzos del siglo pasado) ¿qué queda del arte?.

A este París de la “Belle Époque” llegaron a partir de 1900 multitudes de artistas tocados con sus sombreros “canotiers” seducidos por un hedonismo eufórico y un humanismo prometéico transfigurado en una proclama con forma de Exposición Universal, por un Freud descubridor de los sueños como una rebelión del instinto sexual reprimido y por la muerte de Nietzsche, persuasor de la decadencia espiritual occidental, el que recuerda la grandeza del hombre desde su imparable “capacidad de invención” y “voluntad de dominio”. ¿Se puede pedir más?...esta empresa estaba predestinada al éxito.

Si un sacerdote católico se emociona seguramente al llegar a Roma o un Lama budista hace lo mismo al llegar a Lumbini, lugar de nacimiento de Shidarta Gautama, Buda, un pintor se emociona sin duda en París, claro, también es un tema de espiritualidad pues aquí quedan las historias ejemplificadoras de sus iconos y seguramente un buen punto de partida para sus revisiones plásticas..

Vorágine pues de emociones constantes , pateando desde las estrechas y bulliciosas calles del “quartier Latin”, o les “quai de la Seine”, tal vez los grandes boulevares Hausmanianos, los cementerios parisinos o el “bois de Boulogne”·, que más da, si tras cada piedra, arcada o sombra de ciprés hay un anecdotario. Pero atención al vaivén de las emociones, puesto que si nuestra percepción inicial debe ser seguramente la de experimentar felicidad y plenitud, cabe una contención calculada puesto que la melancolía y de ahí la consecuente pesadumbre emocional pueden llegar en cualquier momento, ya que no olvidemos que París, como cualquier otro sitio, está lleno de fantasmas, de espectros, que fácilmente se manifiestan en nuestras mentes dejando verse con el paso del tiempo en sus carnes y tal vez la famosa modelo de Man Ray o de Fujita y otros grandes artistas, la voluptuosa “kikí” de Montparnasse se manifieste a la par en nuestras impregnaciones como una deliciosa joven o como la mendiga alcohólica que acabó siendo. Atención pues, puesto que los extremos de los caprichos endopáticos se unen fácilmente.


Me emociona pasear por el Sacré-coeur de Montmatre y constatar en efecto que sus torres diseñadas por Paul Abadie recuerdan como señalaba el populacho anticlerical de la época, “cinco supositorios romano-bizantinos”, por cierto magníficos en su pesadumbre estética.

Me alegra el pisar aquellas calles extendidas por todos los distritos parisinos en las que no solo proliferaban los salones Oficiales, también los Independientes en los que cómo el de Otoño creado hábil y heróicamente en 1908 por el arquitecto Frantz Jourdain, el pintor Georges d'Espagnat y el crítico del “Mercure de France” Ivanohé Rambosson, daba la oportunidad de mostrar su trabajo a tantos y tantos practicantes de este viacrucis satisfactorio que es el arte, es más, cabe un sentimiento de admiración hacia todos aquellos valientes y apasionados galeristas, marchantes y críticos que distanciándose del “gusto burgués” apostaban claramente por las nuevas maneras arrancadas por los Impresionistas, seguidas por los postimpresionistas y culminadas por los artistas de vanguardia, tal es el caso de los célebres establecimientos como entre otros “Le Barc de Bouteville”, “Ambroise Vollard”,” Berthewein”, “Durand-Ruel” o “Bernheim-Jeune”. Así recuerdo tal vez en la recámara de la memoria al marchante español Pedro Manach que en 1900 dio a conocer a Picasso y a otros compatriotas en esta gran ciudad. Profesionales de la difusión del arte que tenían muy clara de antemano aquella máxima recogida tiempo más tarde por Kandinsky en lo “Espiritual en el Arte” y que preconiza sabiamente en su “primera necesidad mística” o “”Elemento de la personalidad” que “Todo artista, como creador, debe expresar lo que es propio a su persona”.

Precisamente, París fue ciudad de peregrinación de muchísimos artistas españoles ya desde el primer impresionismo. En la obra de los mismos, esta gran ciudad, dejó una gran influencia costatable como en el caso entre otros de Aureliano de Berruete, Darío de Regoyos, Juan de Echevarría, Iturrino, Durrio, Zuloaga, Vázquez Díaz, Arteta, Rusiñol, Casas, Hermen, Anglada Camarasa, Nonell, Pidelaserra, Nogués, Brull, Colon, Pichot, Vayreda, Manuel Feliu i de Lemus, Claudi Castelucho, Laureano Barrau, Clarà, Sabartés, Casagemas, Manolo Hugué , José Victoriano (Juan Gris), Pablo Picasso, Celso Lagar y la pintora santanderina María Blanchard.. Los imagino a todos ellos internándose en la noche en general, buscando la felicidad no en una promesa de un más allá, sino en las tertulias de café o en los escenarios entre los bastidores de las salas de espectáculos de Montmartre, a la luz artificial del gas y la primera electricidad, tal vez coincidiendo con la muerte del “enano” gigante, Toulouse-Lautrec, igual de ensimismado retratando en el “Ambassadeurs” al gran cantante Montmartriano Aristide Bruant o en el “Concert- Parisien” del suburbio de Saint-Denis a la cabaretera de perfil aguileño y desgarbado Yvette Guilbert.  

Imagino a Pablo Picasso alquilando su primer estudio en el Bateau-Lavoir al vasco Paco Durrio y también arrastrando en su mudanza por la calle de Ravignan y la calle Ravalotti con su amigo Manolo Hugué, una carretilla con sus primeros enseres, comprados ni más ni menos que a a Pablo Gargallo ante su inminente regreso a Barcelona: un viejo colchón de lana, una mesa y una silla, un catre carcomido y una jofaina. Colchón precisamente que compartiría celosamente con su obsesión del momento, la atractiva y elegante Fernande Olivier, la cual gustaba lucir orgullosamente en el café Azón o en el café Vernín. Sana amante y modelo, distaba mucho por su intelecto y porte de las numerosas y manoseadas modelos y prostitutas que proliferaban por aquellos lares a la búsqueda de absenta, risotadas y francos para el liguero.

Imagino a Maurice de Vlaminck explicando apasionadamente a su buen amigo Andre Derain, el descubrimiento del Arte Negro a orillas del Sena en un café de Argenteuil. Y a la posterior búsqueda desenfrenada de estas iconicidades inspiradoras junto a un Pablo Picasso subyugado por las mismas desde un sentimiento mágico-fetichista y al propio Matisse, “el Doctor” o “el Profesor”, en el Museo del Trocadero, donde el doctor Hamy había reunido desde el lógico peso colonial de la república y de diferentes expediciones científicas, grandes colecciones escultóricas de ultramar. Colecciones que a Pablo empujarían en su influencia y vorágine creativa a sus culminantes “demoiselles d'Avignon”, arranque imparable de la estilización geométrica y la multiplicidad de puntos de vista propios del inminente Cubismo que rivalizaba con el Fauvismo.


Imagino a Léger recogiendo chatarra , trozos de plancha ondulada, tubos de metal motivadores de sus paisajes geométricos de corte social como sus “Desnudos en el bosque”, Imagino la valiente osadía de Robert Delaunay ,a pesar de las críticas de Rousseau el “Aduanero”, rompiendo pictóricamente en sus lienzos la Torre Eiffel desde diez puntos de vista y quince profundidades de campo. Un Rousseau precisamente de vida difícil, consagrado al arte en su periodo de jubilación, pintaba por la mañana y daba clases de solfeo por la tarde y noche para incrementar su miserable pensión. Saliendo, si el agotamiento no se lo impedía, de noche, a la calle a tocar el lánguido violín en cualquier esquina o entre sus queridas acácias del “Bois de Boulogne”.

Imagino el bochorno vivido en 1907 por el robo en el Louvre por parte del secretario del literato, poeta y crítico Guillaume Apollinaire, Géry Piéret, de dos estatuillas Ibéricas, las cuales el sujeto vendió sin dar información de la procedencia a Pablo Picasso conociendo la admiración de este por la escultura Primitiva. Este asunto trajo un gran perjuicio judicial al literato al cual la prefectura acusó injustamente de encubridor . Salido airoso del trance y distanciándose del secretario, este continuó con su cleptomanía llegando incluso a sustraer también del Louvre, la “Gioconda” de Leonardo da Vinci.

Imagino cuando La Ruche (la Colmena) fue montada en Montparnasse, en el pasaje Dantzing, por iniciativa del escultor Alfred Boucher. Aquel singular edificio con sus múltiples celdillas o espacios, construido por el equipo de Eiffel para la Exposición Universal, condenado a ser destruido, se convertiría en su nueva ubicación en un complejo de estudios artísticos ocupados entre otros por Marc Chagall, Léger, Modigliani, Archipenko, Soutine. También por poetas como Blaise Cendrars o Anatolij Lunacarskij, este último un ideólogo marxista, se había reunido en algunas ocasiones con su compatriota y correligionario Lenin en el restaurante de La Rotonda de Montparnasse en el preludio de la famosa y sangrienta Revolución de Octubre. Precisamente en La Ruche, Marc Chagall desarrollaría parte de su impecable y personalísima obra a pesar de unas condiciones de vida tan precarias que carente de materiales pintaba sobre ropa vieja de traperia. Incluso su comida se limitaba a una sardina para cada dos días, repartida en dos, la cabeza un día y la cola al día siguiente.


Imagino en mi deambular por estos boulevares y avenidas de edificios abuhardillados, que me corroboran la pequeñez de la Barcelona de mi infancia la cual deja en este instante de ser idealizada en el sentido de ser una ciudad en gran medida no innovadora en sus avenidas y edificios decimonónicos, más bien una ciudad orbital a imagen y semejanza de la influencia parisina, cómo aquí llegó en el preludio de la Primera Guerra Mundial Giorgio de Chirico, categorizando que esta ciudad era, y estoy de acuerdo, “la ciudad por antonomasia”, una especie de “Atenas en tiempos de Pericles”. También pateando la calle de Miromesnil, recuerdo el extraordinario evento que resultó la exposición en la Galería Paul Guillaume, en el numero seis de esta “hausmaniana” calle, de los “rayonistas” Larionov y Goncharova.

Imagino el dolor de los tiempos de guerra en el 14, y las noticias de desgracia sufridas por los artistas de cualquier bando que participan en la contienda, como entre otras las graves heridas de Oscar Kokoschka, o Braque, o Apollinaire, la muerte de Auguste Macke, y el ingreso en un sanatorio por la enajenación postraumática vivida en el frente de Kirchner . Imagino también el penoso regreso de muchos artistas a sus tierras alejadas del frente como el caso de muchos españoles. También algún episodio tragicómico como cuando en un brote de funcionalidad el ejercito francés comienza a utilizar pinturas de “camouflage” siguiendo los métodos de geometrización cubistas y cómo Pablo Picasso exclama alegremente a unos militares de un convoy de artillería mimetizado en el Boulevard Raspail, “¡Somos nosotros quienes hemos inventado esto!” reivindicando así la autoría intelectual de tal recurso.


También imagino un “retorno a cierta normalidad”, con la irrupción lógica tras la traumática experiencia de la guerra de estéticas vinculadas a lo absurdo y lo provocativo como Dadá y el primer Surrealismo. También me consterna pisando estas calles, sobretodo en las inmediaciones del Hospital de la Caridad, de la terrible historia de Amedeo y Jeanne. El 24 de enero de 1920, Modigliani moría con un empeoramiento severo de su estado de salud tísico en este hospital., el origen, una pleuresía que arrastraba ni más ni menos que desde la infancia en 1895 y sus excesos con el alcohol y el opio. Al día siguiente, su compañera Jeanne Hébuterne, madre de su primera hija y embarazada de un segundo, se suicida desesperada ante el vacío que siente lanzándose desde la ventana del piso de sus padres. Retratista plural desde la pintura y la escultura de sobriedad humana, de cuencas orbitales vacías y magia africana, estilizaciones alargadas y fervoroso de Botticelli y Simone Martini, pareció alienarse definitivamente, de las maldiciones terrenales, dejando en París un hueco para siempre insalvable. En este mismo año, Duchamp insistía brillantemente en su intención de desembarazarse del aspecto físico de la pintura, cuestión que personalmente siempre me provocó antipatía en el sentido que a posteriori sería el eje motriz de tantas y tantas absurdas y gratuitas objetivizaciones y deshumanizaciones del arte.



Este anecdotario emocional Parisino, tiene lógicamente su continuidad calle a calle, año a año, pero no es mi pretensión insistir en ello rozando el aburrimiento puesto que mi esfuerzo en absoluto pretende ser ni aleccionador ni cultor ni ejemplificante. Guardando para mí tanta convulsión, riqueza, contraste de felicidad y melancolía, mi interés es, finalizando, mucho más sencillo y volátil: 


por un lado no dejan de ser estos cuadernos de viaje y lo reflexionado en ellos más que una ordenación de tanta riqueza emocional, necesaria para la posterior articulación del trabajo creativo. En un ámbito más altruista y de generosidad todo ello pretende ser siempre un claro mensaje de invitación a alumnos y amigos para que experimenten sus vidas apasionadamente y ante la constancia inamovible de la impermanencia y la certera efimeridad de la existencia, pongan en juego con fuerza y decisión sus momentos sublimes, sin duda alguna mucho más ricos cuando uno viaja y se aleja de lo cómodo y lo convencional a sus respectivas idiosincrasias para adentrarse en territorios novedosos dignos de ser clamados, cantados, exaltados y pintados.

París siempre vivirá y yo siempre seré un orgulloso “afrancesado”.

Comparto e invito encarecidamente la vivencia de un París poliédrico y pleno de millones de "parises" diferentes en el tiempo y en el espacio.


"Llenen por favor sus espíritus de nobleza, la totalidad humana de esta aventura llamada existencia lo agradecerá" 

Texto e ilustraciones

Rafael Romero.
-Obrero de Emociones-